Que no te lo cuenten.
Kamala Harris, según reportes, adquirió una propiedad de 4.000 pies cuadrados en Point Dume, California, por $8,15 millones. La mansión incluye vistas al océano, múltiples refrigeradores de vino, áreas de césped privadas para practicar golf y estacionamiento para cinco vehículos.
El problema no es la mansión. El problema es la dirección.
Point Dume se encuentra íntegramente dentro del tract censal 8004.08. La Encuesta de la Comunidad Americana del Census Bureau estimó, con datos de 2019, que ese sector era apenas 0,2% negro y aproximadamente 94% blanco. Una comunidad costera exclusiva que, según al menos un grupo citado por la fuente, mantiene barreras que «alejan a la mayoría de personas BIPOC» de sus playas.
El contraste con el discurso de Harris es difícil de ignorar. En 2019, en declaraciones al Washington Post, la entonces senadora reflexionó sobre su experiencia en Howard University —universidad históricamente negra en Washington D.C.— y explicó que lo que le importaba era «la numerosidad»: estar rodeada de personas como ella. «¡Había tantos [negros]! Y todos en tu grupo de edad, en tu fase de vida», dijo.
Su trayectoria institucional siguió esa misma línea. En 2012, como fiscal general de California, se sumó a un escrito ante la Corte Suprema argumentando que la Ley de Vivienda Justa puede aplicarse cuando las políticas tienen un «impacto desproporcionado» sobre distintos grupos raciales. Como candidata presidencial en 2020, propuso $100.000 millones en asistencia para familias en comunidades históricamente afectadas por la segregación hipotecaria. Como vicepresidenta, promovió los esfuerzos de la administración Biden para combatir el sesgo racial en las tasaciones de vivienda.
Ahora, según reportes, pone raíces en uno de los vecindarios menos diversos de California.
Un representante de Harris no respondió a una solicitud de comentario de Fox News Digital, según la misma fuente.
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El relato se cayó solo. Durante años, Harris construyó capital político sobre la denuncia de las barreras residenciales que mantienen a las minorías fuera de los vecindarios de élite. Ahora, según los reportes disponibles, habita uno de esos vecindarios. No hace falta acusarla de nada: la dirección habla por sí sola.
Esto no es un ataque a su derecho a comprar la propiedad que pueda costear —eso es libre mercado, y lo respetamos. Es la doble vara en estado puro: regulación, burocracia y retórica racial para el ciudadano común; una mansión frente al océano, con bodega y greens privados, para quien administra el relato.



