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Opinión · Análisis

La máquina de guerra americana se quedó sin municiones: el precio de décadas de complacencia

Un experto del Atlantic Council advierte que el arsenal estadounidense no está a la altura de un mundo con conflictos de gran potencia. El problema viene de los años noventa y nadie lo resolvió a tiempo.
Imagen ilustrativa
sábado 8 de agosto de 2026

El relato se cayó solo.

Durante años, Washington vendió la idea de que la supremacía militar americana era un hecho permanente, casi automático. Ahora, según Matthew Kroenig, investigador senior del Centro Scowcroft para Estrategia y Seguridad del Atlantic Council y ex comisionado del Congreso en la Comisión sobre la Postura Estratégica de Estados Unidos, esa certeza tiene grietas profundas.

Kroenig, quien sirvió en el Departamento de Defensa y en la comunidad de inteligencia durante las administraciones Bush, Obama y Trump, lo dice sin rodeos: el problema arranca en los años noventa. Cuando terminó la Guerra Fría, el número de grandes contratistas de defensa cayó de 51 empresas a cinco. Se acabó la lógica de acumulación de reservas para una guerra de gran escala. «Si estás bombardeando camionetas en Irak y Afganistán cada pocas semanas, no necesitas grandes arsenales», explica Kroenig. El problema es que ese modelo dejó de funcionar en cuanto regresaron los conflictos entre potencias.

Ucrania e Irán vaciaron parte del arsenal. Las ventas y transferencias de municiones a Kiev —que Kroenig considera correctas— depletaron reservas críticas: interceptores Patriot, misiles de precisión PrSM del Ejército, entre otros sistemas. La base industrial de defensa, operando bajo lógica de producción «justo a tiempo» como cualquier empresa de consumo masivo, no estaba preparada para reabastecerse a la velocidad que exige un conflicto real.

Los cinco grandes contratistas que quedan —RTX (antes Raytheon), Northrop Grumman, Lockheed Martin, General Dynamics y Boeing— necesitarían abrir nuevas líneas de ensamblaje para escalar la producción. Eso requiere inversión inicial enorme y contratos de largo plazo que, hasta hace poco, el Pentágono no estaba dispuesto a firmar. «Ahora la industria está viendo la señal de demanda», dice Kroenig, «pero desde que se toma la decisión hasta que salen más misiles pasa tiempo».

Sobre los números exactos, Kroenig es preciso: las cifras de inventario son clasificadas. Nadie fuera del gobierno sabe con exactitud el estado real de los arsenales. La administración ha negado que haya escasez crítica. Pero el experto advierte que la señal de alarma existe con independencia de los titulares coyunturales.

Una solicitud presidencial de 1,5 billones de dólares para el presupuesto de defensa de 2027 —el mayor de la historia, según la fuente— figura como parte de la respuesta. Junto a ello, el Pentágono ha declarado la revitalización de la base industrial como prioridad. «Reconocemos que hay un problema, que es la primera parte de resolverlo», concede Kroenig. Pero reconocerlo no es lo mismo que haberlo resuelto.

Aquí está el principio que la burocracia de Washington prefiere ignorar: los mercados responden a incentivos, y durante treinta años el incentivo fue producir menos, gastar menos y asumir que la paz era el estado natural del mundo. No lo es. El libre mercado puede proveer la capacidad industrial que Estados Unidos necesita, pero solo si el Estado cumple su función básica: contratar con horizonte largo, pagar con seriedad y no cambiar las reglas cada ciclo electoral. La complacencia tiene factura. Y la están cobrando ahora.

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