Francesca Hong tiene 37 años. Es camarera, organizadora comunitaria y madre. También es miembro de pago de los Socialistas Democráticos de América. Y va ganando.
La representante estatal encabeza con ventaja de dos dígitos las primarias demócratas para gobernadora de Wisconsin. Por encima de políticos establecidos como el exvicegobernador Mandela Barnes y el ejecutivo del condado de Milwaukee David Crowley. Los mercados de predicción la favorecen de forma abrumadora.
Su plataforma no deja lugar a dudas. Hong quiere abolir el ICE, imponer una moratoria de un año a los centros de datos, crear supermercados de propiedad estatal y establecer cuidado infantil universal. También propone una semana laboral de 32 horas sin reducción salarial, un banco de desarrollo estatal y restaurar el derecho al voto de los condenados por delitos graves. Todo financiado por el contribuyente. Todo gestionado por el aparato estatal.
El establishment demócrata lo ve venir. Y le aterra. Wisconsin es un estado que Trump ganó. Nominar a una socialista allí es, según sus propios dirigentes, un regalo envuelto para los republicanos.
«La Asociación de Gobernadores Republicanos está financiando millones ahora mismo, no para atacar a un demócrata, sino para impulsar a uno», advirtió Crowley al anunciar su regreso a la carrera. «Eso es una señal de alarma de cinco estrellas».
Mientras tanto, el DNC se hunde. Según The New York Times, la organización tiene aproximadamente dos millones de dólares en deuda. Trump acumula una reserva de guerra de 400 millones. El RNC tiene otros 130 millones disponibles. El presidente del DNC, Ken Martin, opera, según el mismo diario, con «un círculo de confianza cada vez más pequeño» y una «creciente sensación de paranoia».
El escenario se repite en Míchigan. La congresista demócrata Haley Stevens pelea por sobrevivir frente al izquierdista Abdul El-Sayed, que lidera la mayoría de las encuestas para el Senado.
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Que no te lo cuenten. El Partido Demócrata no enfrenta un problema de mensajería. Enfrenta un problema de fondo. Su base quiere más Estado, más gasto, más control. Su aparato sabe que eso pierde elecciones en los estados que importan. Esa contradicción no se resuelve con un rediseño de logo ni con un nuevo eslogan.
Hong es el síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es una izquierda que ya no disimula: supermercados estatales, semanas de 32 horas, policía reducida. El relato se cayó solo. Y lo curioso es que los republicanos no necesitan hacer nada. Solo mirar.



