La forma de idolatría humana cambia. La propensión a idolatrar, no.
Ese es el marco que plantea Daily Wire al colocar la inteligencia artificial en una línea que va desde la torre de Babel hasta el becerro de oro de Éxodo 32. La idea central es clara: los seres humanos tienden a proyectar poder casi divino sobre artefactos hechos por ellos mismos.
El comentario sostiene que la discusión sobre la IA ya no se limita a su utilidad, sino a si posee atributos que corresponderían a Dios, como existencia, infalibilidad u omnisciencia, o capacidades propiamente humanas como racionalidad, responsabilidad moral, conciencia, sensibilidad y alma. Y ahí está el núcleo del problema: cuando una tecnología empieza a recibir atributos que no tiene, el juicio humano se debilita.
El texto cita además una advertencia de Sam Altman, de OpenAI, quien dijo: «Me incomoda mucho que la gente trate de atribuir fuerza religiosa o una renuncia al juicio humano a los modelos de IA, y creo que es un problema real de seguridad». Esa frase importa porque reconoce un límite que el entusiasmo tecnocrático suele borrar.
También se menciona que el Vaticano publicó una encíclica insistiendo en el estatus único de la humanidad, y que en 2019 un grupo de eruditos y líderes cristianos afirmó que ninguna tecnología debe usurpar o subvertir el dominio y la mayordomía confiados solo a la humanidad por Dios. El punto de fondo es que la persona humana no es intercambiable con una máquina, aunque la burocracia digital quiera vender esa confusión como progreso.
Daily Wire insiste en que la IA imita la cognición, pero no posee conciencia, libre albedrío moral, vida, sensibilidad ni cuerpo-alma. También subraya que la necesidad de «alineación» demuestra que no nace moralmente responsable. Necesita ser entrenada para distinguir entre bien y mal. El ser humano no.
Ese contraste no es menor. Si se empieza a medir la dignidad por función, el costo lo pagan siempre los más frágiles: los discapacitados cognitivos, los comatosos y quienes sufren demencia. La vieja hipocresía del progreso termina en la misma doble vara de siempre: elevar máquinas y rebajar personas.
Que no te lo cuenten. El relato de la omnipotencia tecnológica se cae solo cuando se le exige una pregunta básica: ¿estamos construyendo herramientas, o nuevos ídolos?
Y ahí está la verdadera batalla. No entre fe y ciencia, sino entre la dignidad humana y una cultura que quiere delegar el juicio en sistemas opacos. Cuando una sociedad adora sus propias creaciones, deja de gobernarse. Empieza a obedecerlas.


