El debate público en torno a Trump siguió devorando espacio, atención y criterio en los medios. En una columna de Daily Wire, se describe ese clima como una especie de «pileup» existencial y se advierte que el periodismo se convirtió en un terreno hostil para quienes intentan trabajar con seriedad.
La pieza recuerda frases durísimas atribuidas a figuras como Hunter Thompson, Oscar Wilde, Balzac, Flaubert y H.L. Mencken sobre el oficio periodístico. No es un dato menor: la crítica no viene de fuera del sistema mediático, sino de una tradición intelectual que ya veía a la prensa como un espacio de mentira, demoralización y degradación del juicio.
En ese marco, la columna presenta la política anti-Trump como una fuerza que desbordó la cobertura informativa y la convirtió en militancia. El problema no es solo Trump; es lo que ocurre cuando el periodismo deja de informar para operar como aparato de hostilidad permanente. Ahí la objetividad se vuelve adorno y el lector paga el costo en forma de confusión, ruido y una prensa cada vez más predecible.
Que no te lo cuenten: cuando una redacción se organiza alrededor de una obsesión política, el resultado rara vez es mejor información. Es más bien lo contrario: una burocracia narrativa que castiga el matiz, premia la consigna y empuja al público a desconfiar de todo.
Otra vez la doble vara. Si la prensa pretende erigirse en árbitro moral, primero tendría que revisar su propio sesgo. Porque cuando el relato anti-Trump se vuelve el centro de gravedad, el periodismo no vigila al poder: se convierte en poder con micrófono.


