El pasado fin de semana se celebró la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca (WHCA). El acto estelar de entretenimiento fue Oz Pearlman, un «mentalista» cuya especialidad combina, según la fuente, «psicología, sugestión, observación, distracción y espectáculo para crear la ilusión de leer la mente».
La elección no pudo ser más reveladora. Involuntariamente, los organizadores describieron con precisión quirúrgica el estado actual del periodismo político en Washington.
El truco de los «sources say»
Cada vez con mayor frecuencia, los reporteros que cubren la Casa Blanca publican lo que el presidente Donald Trump «piensa» o «siente», no lo que ha dicho o hecho. La fórmula es conocida: «fuentes cercanas al presidente», «asesores de la Casa Blanca que hablaron bajo condición de anonimato porque no están autorizados a declarar públicamente», o la construcción favorita del género: «fuentes con conocimiento de su posición».
El problema es matemático. Entre 1.500 y 2.000 personas trabajan en la Oficina Ejecutiva del Presidente, aproximadamente la mitad como empleados políticos. Hay otros 3.000 nombramientos políticos distribuidos en el resto del Ejecutivo. En el E-ring del Pentágono hay entre 150 y 200 generales y almirantes, cada uno con su propio equipo. El Congreso emplea entre 8.000 y 9.000 asesores. Y de los 535 miembros del Senado y la Cámara de Representantes, solo un puñado de republicanos mantiene conversaciones regulares con el presidente.
La cadena de «fuentes» que alimenta las grandes exclusivas es, en la mayoría de los casos, una cadena de suposiciones: alguien que oyó algo de su jefe, que a su vez lo escuchó de un amigo en otra oficina. Eso no es periodismo. Es el mismo juego de Pearlman: sugestión más espectáculo.
La ironía que el relato no puede esconder
Lo más llamativo, como señala la fuente, es que el presidente Trump es «por lejos el más accesible de los presidentes». Aun así, los periodistas en busca de titulares prefieren las sombras del anonimato a las declaraciones directas y verificables.
Desde Contrafuego lo decimos sin rodeos: el problema no es que existan fuentes anónimas —a veces son necesarias y legítimas—. El problema es cuando el anonimato se convierte en el método por defecto para vestir opiniones y predicciones con ropa de reportaje. Eso no informa al ciudadano; lo manipula.
Un mentalista en el escenario de la WHCA no es una curiosidad de agenda cultural. Es el símbolo de una prensa que abandonó el periodismo de hechos por el de impresiones. Que no te lo cuenten.



