La disputa política siempre ha tensado a las familias. Lo nuevo, según Jonathan Alpert, es la facilidad con que cortar con padres, hermanos o amigos de toda la vida empieza a presentarse como una forma de autocuidado psicológico.
Alpert, psicoterapeuta en Nueva York y Washington, D.C., puso un ejemplo claro: tras la elección de 2024, la doctora Amanda Calhoun, entonces residente principal de psiquiatría en Yale, apareció en MSNBC para hablar de personas cuyos familiares habían votado por Donald Trump. Dijo que estaba «completamente bien» no estar cerca de miembros de la familia que habían votado de formas que ellos creían que amenazaban su sustento, y añadió que poner esas barreras «puede ser esencial» para su salud mental.
Alpert respondió en público que una buena terapia debe ayudar a distinguir entre incomodidad y peligro, no confundirlos. Y ahí está el punto central: el lenguaje de límites, trauma, desencadenantes y seguridad emocional, útil en contextos reales de abuso, se está estirando para cubrir conflictos políticos comunes.
Un estudio publicado este año en PNAS Nexus examinó lo que los investigadores llamaron «rupturas políticas», es decir, relaciones perdidas por diferencias políticas. En una encuesta de abril de 2025, 37% de los estadounidenses dijo haber vivido una. Entre quienes sí la vivieron, 62% perdió una amistad y 40% una relación familiar.
El estudio no dice que los terapeutas hayan causado esas rupturas. Sí muestra que la política está entrando hasta el fondo de las relaciones personales. Los investigadores también hallaron que quienes habían vivido esas rupturas tendían a ver a sus adversarios políticos de forma más negativa, a percibirlos como más extremos y a atribuirles motivos más egoístas.
Alpert dice ver versiones de eso en su consulta: pacientes que dejan de hablar con un padre por un voto, que terminan una amistad por una discusión política o que deciden que un hermano ya no pertenece a su vida. Y muchas veces, al desacelerar la historia, no aparece abuso, intimidación ni acoso continuo. Aparecen discusiones, sentimientos heridos y choques políticos duros, pero no necesariamente peligro.
Eso no significa negar los vínculos verdaderamente abusivos o peligrosos. Pero sí obliga a separar lo grave de lo ordinario. Cuando cada incomodidad se interpreta como daño psicológico, retirarse deja de parecer una huida y empieza a parecer terapia.
Ahí está la trampa. En vez de fortalecer la resiliencia, cierta cultura terapéutica puede premiar la evitación. Y en una sociedad plural, esa sensibilidad importa más que nunca: si ya no podemos soportar la discrepancia en casa, ¿cómo vamos a soportarla en una nación entera?
El relato se cayó solo. La burocracia emocional que convierte desacuerdo en amenaza no protege a nadie: debilita la familia, erosiona la convivencia y hace que el ciudadano común vea al vecino como una lesión ambulante. Otra vez la doble vara: lo que antes era simplemente política ahora se vende como peligro, y el precio lo paga la vida privada.



