La moda de los «casamenteros» con inteligencia artificial se presenta como la gran respuesta al cansancio amoroso de Estados Unidos. Pero la autora sostiene que esa promesa va en dirección contraria: en vez de devolver a la gente al mundo real, la empuja a pasar todavía más tiempo mirando una pantalla.
Su punto central es simple. Si el emparejamiento insiste en la idea de «la persona perfecta» y reduce cada vez más la socialización, el resultado no es una cura para el problema de las citas. Es una profundización del mismo problema.
La autora recuerda que, hasta hace relativamente poco, la mayoría se casaba joven con personas conocidas en la escuela, en la universidad o a través de amigos y familia. Esa vida social previa al noviazgo importaba. Permitía ver a la otra persona en comunidad, no solo en una interacción privada y cuidadosamente curada.
Luego vino la versión más atomizada de las citas modernas. Primero el encuentro uno a uno. Después, la costumbre de sacar la relación a la luz pública. Y ahora, Internet lleva esa fragmentación al extremo. El resultado es una ilusión de opciones infinitas y, al mismo tiempo, más soledad.
La autora cita a Esther Perel para reforzar una idea incómoda: no hay sustituto para observar a alguien en un entorno compartido. Cuando todo empieza en línea, la conexión inicial es casi desincorporada, casi irreal. Y de ahí nace más fantasía que realidad.
También usa una referencia cultural de «Mare of Easttown» para subrayar que la química humana no cabe en un filtro algorítmico. Colin Zabel y Mare Sheehan no serían emparejados por ningún servicio de citas ni por ningún «casamentero» de IA. Y, precisamente por eso, la historia sirve para mostrar que la atracción real suele nacer de vidas imperfectas, no de perfiles perfectos.
La autora advierte que los millennials y la generación Z han llevado demasiado lejos la manía de optimizar y externalizarlo todo. Su crítica no es contra el amor, sino contra una mentalidad que pretende delegar incluso la vida misma.
Al final, el mensaje es casi una reprimenda cultural. Menos dependencia del teléfono. Más clubes, iglesia, café, amigos, eventos y encuentros repetidos con personas reales. Más mundo físico. Menos fantasía digital.
Que no te lo cuenten. La lección va mucho más allá de las citas. Cuando una sociedad reemplaza la convivencia por la pantalla, no solo se empobrece el amor. También se debilita el tejido humano que hace posible cualquier comunidad libre. El relato de la «comodidad» tecnológica cae solo cuando se ve el costo: menos relaciones reales, menos carácter y más aislamiento administrado por la burocracia algorítmica.


