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Opinión · Análisis

«Lanterns» demuestra que el hartazgo con los superhéroes todavía puede vender una buena historia

La serie de HBO Max mezcla detectives, atmósfera y mitología DC para salir del molde cansado del género. El relato funciona justo cuando deja de perseguir el espectáculo vacío.
Imagen generada con IA
miércoles 14 de octubre de 2026

Durante años, el género de superhéroes se fue gastando a fuerza de repetir la misma fórmula. Por eso «Lanterns» llama la atención desde el arranque: no se comporta como otra máquina de destrucción digital, sino como un misterio policial raro, seco y con aire de noir.

La historia arranca con un tiroteo masivo en un partido de fútbol americano de secundaria en Rushville, Nebraska. Eso mete en la investigación al veterano Green Lantern Hal Jordan, interpretado por Kyle Chandler, y a su aprendiz John Stewart, interpretado por Aaron Pierre. Jordan sospecha que el caso involucra extraterrestres, y la serie se abre paso entre 2016 y 2026 con una cronología fragmentada.

Ahí está una de sus decisiones más fuertes. No intenta ser fácil ni complaciente. Va a contramano de ese impulso de aplanar todo para consumo instantáneo. El resultado, según esta lectura, es una serie que se permite guardar información, moverse con rareza y sostener una atmósfera inquietante sin correr detrás de la explosión inmediata.

Chandler y Pierre están bien elegidos. Hay química entre ambos. Jordan aparece como un veterano curtido, algo áspero, mientras Stewart funciona como el reemplazo que llega a ocupar su lugar. La tensión entre ambos sostiene buena parte del interés dramático.

También pesa mucho el entorno. La serie deja que Rushville respire antes de mostrar la acción. Hay carreteras vacías, bares, campos de fútbol, moteles y un paisaje del Medio Oeste que se siente amplio y silencioso. Ese clima le da cuerpo al relato. El humor, cuando aparece, depende más de los personajes que del chiste fácil.

La serie pierde algo de fuerza cuando se mete en la infancia de Stewart. Allí aparecen escenas cargadas de discurso racial y una madre, Bernadette, que sermonea a un extraterrestre azul sobre política racial estadounidense. La queja del medio original es clara: esas escenas rozan el sermón, y en parte explican las acusaciones de que la serie cayó en el cliché «woke».

Aun así, el propio retrato de Stewart termina resultando más interesante que panfletario. Sus padres convierten su crianza en un experimento social. Lo condicionan contra el miedo. Lo aíslan. Incluso lo mandan a volver solo de noche por barrios peligrosos. Esa presión explica su disciplina y su distancia emocional.

La parte más sólida llega con la investigación sobre los Manhunters, una raza antigua de androides peligrosos. Hal y John pasan buena parte de la temporada tratando de descubrir cuál se esconde en Rushville. El caso gana gravedad a medida que se ve cuánto ha influido en la ciudad.

El cierre de la crítica es sencillo: «Lanterns» acierta cuando usa la mitología de Green Lantern para contar una historia de miedo, deber, legado y autoridad institucional. DC, en lugar de seguir quemando dinero y paciencia en fórmulas agotadas, haría bien en volver a lo básico: historia, personajes y atmósfera. Que no te lo cuenten. El relato se cayó solo en demasiadas producciones. Aquí, por una vez, aguanta.

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