El problema de la lectura en Estados Unidos no nació con el iPhone. Nació en 1987, cuando California adoptó el método de enseñanza llamado Whole Language, que abandonó la fonética y enseñó a los niños a reconocer palabras como si fueran símbolos, no a descifrarlas.
El resultado fue predecible: generaciones de estudiantes que aprendieron a adivinar, no a leer. Quienes no lograron compensar por cuenta propia quedaron funcionalmente analfabetos, capaces de reconocer palabras familiares pero incapaces de descifrar cualquier palabra nueva.
Para la década de 2000, los 50 estados tenían al menos algunos distritos usando Whole Language. California, Texas, Nueva York y Massachusetts lo mandataron en todas sus escuelas. Los sindicatos docentes estatales y la National Education Association respaldaron su adopción. El experimento fracasó de manera estrepitosa.
Las cifras son alarmantes. En 2024, solo el 35 por ciento de los estudiantes de preparatoria alcanzó nivel «proficiente» en habilidades como analizar temas ficticios complejos o evaluar argumentos. Casi el 30 por ciento de los adultos estadounidenses no puede parafrasear ni hacer inferencias a partir de un texto de varias páginas. En 2017, ese número era inferior al 20 por ciento.
Las ventas minoristas anuales de libros, según datos del Banco de la Reserva Federal, alcanzaron su pico en 1,400 millones de dólares en 2007 y han caído de forma pronunciada desde entonces, hasta los 650 millones registrados en 2025. Ese mismo año llegaron el iPhone, el iPad, los lectores electrónicos y Netflix. La narrativa fácil culpa a la tecnología. Pero en 2008 ocurrió algo más: las primeras generaciones marcadas por Whole Language comenzaron a graduarse de preparatoria. Las calificaciones promedio de lectura crítica en el SAT también empezaron a caer ese año.
Lucy Calkins, una de las principales impulsoras del método, admitió en 2022 que estaba equivocada. Hoy Whole Language está prohibido en 42 estados.
Sin embargo, un artículo de 8,600 palabras publicado en The Atlantic sobre la crisis lectora en Estados Unidos no menciona el fiasco ni una sola vez. Su autora, Rose Horowitch, egresada de Yale y de la élite Phillips Exeter Academy —una preparatoria privada de 60,000 dólares al año en New Hampshire—, prefiere culpar a los padres antes que al aparato burocrático educativo.
El relato se cayó solo. La burocracia sindical y los expertos en educación vendieron Whole Language como innovación pedagógica. Fue, según el autor Harry Angell, «la peor injusticia pedagógica de la historia de Estados Unidos». Décadas de gasto público, mandatos estatales y aval de la clase experta produjeron adultos que no compran libros porque nunca aprendieron a disfrutarlos.
La doble vara es inocultable: quienes diseñaron el desastre asistieron a escuelas privadas donde la fonética nunca se abandonó. Los que pagaron el costo fueron los niños de las escuelas públicas. Eso no es un accidente del sistema; es el sistema funcionando exactamente para quienes lo controlan.



