Charlie Kirk fue asesinado frente a cientos de estudiantes en la Universidad del Valle de Utah. El acusado es Tyler Robinson, de 22 años. Esta semana comenzaron las audiencias previas al juicio. Y el relato conspirativo se está cayendo solo.
Los fiscales presentaron imágenes de vigilancia que muestran a Robinson recorriendo el campus durante todo ese día. También presentaron el informe de autopsia del médico forense. La conclusión: Kirk murió de una sola herida de bala en el cuello. El rifle de cerrojo calibre .30-06 pertenecía al abuelo de Robinson. El ADN del acusado estaba en el arma y en la toalla que la envolvía. Robinson confesó a su pareja y a sus padres antes de entregarse al FBI.
Esta semana, el tribunal escuchó el testimonio de Lance Twiggs, novio de Robinson. Según Twiggs, el acusado temía que el número de serie del arma lo rastreara hasta él. Eso declaró Twiggs ante el juez.
Nada de esto detuvo a Candace Owens. La podcaster lleva meses promoviendo una cadena de teorías sin sustento. Insinuó que israelíes habían matado a Kirk. Implicó a Erika, la viuda, en la muerte de su propio esposo. Afirmó que Robinson ni siquiera estaba en el campus. Sugirió que Kirk no murió por una bala sino por un micrófono explosivo. Cada afirmación, desmontada esta semana en sede judicial.
Tucker Carlson y otros podcasters también se sumaron a esas aguas, según documenta la columna de David Harsanyi en el New York Post. La viuda de Kirk, madre de dos hijos pequeños, fue objeto de acoso y burlas por parte de la audiencia que esos relatos movilizaron.
El comentarista conservador Christopher Rufo lo dijo sin rodeos: estas audiencias van a «exponer a muchos de los peores oportunistas y psicópatas de la derecha». Rufo predijo que «estamos en el techo del mercado de la basura conspirativa de derecha».
Que no te lo cuenten. Lo que está en juego aquí no es solo un caso criminal. Es la credibilidad del espacio conservador. Owens y quienes la imitaron no «hacían preguntas». Monetizaban el dolor de una familia. Convirtieron el asesinato de uno de los activistas más civiles de su generación en un producto de entretenimiento. Eso tiene nombre: oportunismo de baja estofa.
Kirk debatía con jóvenes de todas las tendencias. Lo hacía con humor y sin insultos. Representaba lo mejor de la tradición cívica americana, según el propio artículo de Harsanyi. Quienes ahora especulan con su cadáver representan exactamente lo contrario. El libre mercado de ideas funciona cuando los participantes tienen algo de integridad. Sin eso, solo queda el negocio del bulo. Y ese negocio, tarde o temprano, cobra su precio.


