La diputada de La Libertad Avanza Lilia Lemoine y la vicepresidenta Victoria Villarruel se cruzaron en redes sociales con una ferocidad que pocas veces se ve entre figuras del mismo espacio político. El detonante: la diferencia salarial entre senadores y diputados.
Lemoine fue directa. Según publicó en X, «en 2026 los senadores ganan $12 millones y los diputados ganan $6 millones», y atribuyó la brecha a una decisión de Villarruel, quien —según la diputada— habría impulsado el aumento en la Cámara Alta «para quedar bien con la alta política», mientras el presidente de Diputados, Martín Menem, mantuvo austeridad en su cámara.
Villarruel respondió sin anestesia. Le llamó «cerebro de microbio» y pidió «elegir bien a los diputados para que no se dediquen a actividades golpistas». Lemoine contraatacó apodándola «Kukacruel» y abriendo otro frente: la supuesta alianza de la vice con el gobernador bonaerense Axel Kicillof.
Más allá del espectáculo, los números son reales y están documentados. Los senadores nacionales recibirán un aumento acumulado del 6,64% en sus dietas, pagadero en tres tramos: 2,4% en junio, 2,2% en julio y 1,9% en agosto. Sumado al 12,5% ya percibido entre marzo y mayo, el incremento anual total alcanza el 19,97%, por encima de la inflación acumulada del 16,8%. El módulo de cálculo pasará a valer $3.065 en agosto, llevando el ingreso bruto de los senadores a $12.260.000.
Eso es posible gracias a una resolución votada en el Senado en abril de 2024 que «engancha» las dietas de los legisladores con los salarios de los empleados del Poder Legislativo. Los 4.000 módulos mensuales que se fijaron los propios senadores en aquella sesión se distribuyen así: 2.500 de dieta, 1.000 por gastos de representación y 500 por desarraigo.
En Diputados, el acuerdo firmado por Menem no replicó ese esquema, de ahí la brecha.
Que no te lo cuenten. Mientras el gobierno de Javier Milei predica el ajuste y la austeridad como virtudes republicanas, una parte del aparato legislativo se aumentó el sueldo por encima de la inflación con un mecanismo que ellos mismos diseñaron y votaron. El dinero de los contribuyentes argentinos financia dietas que duplican las de la cámara baja, y el debate público terminó sepultado bajo apodos e insultos de baja estofa.
La pelea entre Lemoine y Villarruel es ruidosa, pero la pregunta de fondo es silenciosa e incómoda: ¿quién le pone límites al autoaumento de la burocracia legislativa? El relato de la casta que se reforma sola tiene cada vez menos crédito.



