A 50 años de la bomba que mató a Orlando Letelier en Washington, su hijo Juan Pablo Letelier volvió a poner el tema de la memoria en el centro. Lo hizo con un blanco político claro: José Antonio Kast.
Letelier dijo que «lo importante no es lo hizo Kast en el 88, sino lo que quiere hacer hoy». Y ahí está el punto. Para él, el debate no pasa por el pasado electoral de Kast, sino por lo que podría hacer desde el poder, en especial si indulta a condenados por crímenes de lesa humanidad.
Si lo hace, advirtió, «quedan en evidencia dos cosas». La primera, que no cree en la justicia. La segunda, que relativiza la vida de personas asesinadas y el castigo a sus responsables. En su lectura, eso no sería un gesto menor. Sería «un punto de quiebre muy profundo».
El exsenador también defendió que la memoria debe servir para fijar límites de convivencia. Dijo que hoy ve «un deterioro brutal en comprender los roles» y criticó el uso de lenguaje de algunos representantes. Según Letelier, en sectores de la derecha hay un deterioro del compromiso democrático, de la tolerancia y del respeto a la diversidad.
Otra vez la doble vara. Mientras Letelier pide un frente amplio en defensa de la democracia, acusa a la extrema derecha de poner en riesgo la convivencia institucional. Y no se quedó ahí. Sobre la visita de Kast a la ONU, sostuvo que estuvo marcada por su «subordinación al Presidente Trump» mediante un acuerdo que considera «muy peligroso».
También comparó a Kast con Trump, Milei y Petro. Dijo que Kast no es «un Milei, no es un Trump», aunque sí cree que ha seguido el camino de no dialogar lo suficiente para construir acuerdos. En su marco, eso rompe una tradición política que, a su juicio, debería sostenerse.
El fondo del asunto es simple. Letelier está diciendo que la discusión no es una pelea de archivo ni una disputa de museo. Es una pulseada por el poder, la justicia y los límites del Estado.
Y ahí el mensaje es incómodo para la derecha chilena: cuando se juega con los indultos y con la relativización del castigo, el costo no lo paga la retórica. Lo paga la confianza en las instituciones. Que no te lo cuenten.



