En 1838, Abraham Lincoln pronunció un discurso titulado «The Perpetuation of Our Political Institutions» en el que advirtió que, si América llegara a caer, sería por decadencia interna y no por conquista extranjera. «Si la destrucción es nuestro destino», dijo Lincoln, «nosotros mismos debemos ser su autor y ejecutor». Casi dos siglos después, la advertencia sigue en pie.
Steve McKee, investigador visitante de la Heritage Foundation y colaborador de The Daily Signal, retoma esa advertencia para señalar que hoy la batalla se libra en dos frentes simultáneos.
El primero es conocido: el progresismo. Según McKee, hace casi cien años, apoyándose en el modernismo de Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt y una Corte Suprema condescendiente «amordazaron la Constitución», y sus herederos intelectuales la han mantenido cautiva desde entonces. Así, argumenta, el gobierno creció hasta invadir esferas culturales y religiosas para las que no tiene jurisdicción constitucional.
El segundo frente es más reciente y, según el autor, más desconcertante: lo que llama el frente «post-liberal» o «Regresivo». Una mezcla de intelectuales, reaccionarios y agitadores que no buscan renovar el orden constitucional sino, en el mejor de los casos, «remodelarlo», especialmente en materia de libertad religiosa. Su diagnóstico de la decadencia cultural puede ser correcto, concede McKee, pero su receta apunta a alguna forma de autoritarismo «amigable» que, históricamente, ha fracasado una y otra vez.
Lo que ambos extremos comparten, sostiene el autor, es la creencia errónea de que pueden mejorar un orden político construido durante miles de años de ensayo, error, represión y revolución. Ese orden —la libertad ordenada que caracteriza a la civilización occidental— es, en términos históricos, una novedad. Durante la mayor parte de la historia humana, la humanidad fue gobernada por caudillos, potentados y reyes.
Sobre el movimiento Trump/MAGA, McKee lo describe como «una reacción populista tardía y necesaria, aunque imperfecta e incompleta, a un péndulo que llevaba un siglo moviéndose hacia la izquierda». La pregunta, dice, es qué viene después: ¿ese populismo conducirá a la renovación de las normas constitucionales, o sus entusiastas serán engañados para tirar al bebé —gobierno limitado, libertad de conciencia— junto con el agua sucia?
El cierre del ensayo rescata una frase de Calvin Coolidge en el 150.º aniversario de América: «Si todos los hombres son creados iguales, eso es definitivo. Si están dotados de derechos inalienables, eso es definitivo. Si los gobiernos derivan su justo poder del consentimiento de los gobernados, eso es definitivo».
Desde Contrafuego, el argumento de McKee merece atención precisamente porque no es cómodo para ningún bando. El libre mercado, la propiedad privada y la libertad individual no son conquistas del progresismo ni regalos de ningún caudillo ilustrado: son el resultado de siglos de lucha contra el poder arbitrario. Cualquier proyecto político —de izquierda o de derecha— que proponga «gestionar» esas libertades en nombre del bien común debería levantar todas las alarmas. La burocracia con bandera roja y la burocracia con bandera de cualquier otro color siguen siendo burocracia. Que no te lo cuenten.



