Jack Schlossberg, 33 años y nieto del presidente John F. Kennedy, lleva semanas «deprimido» tras obtener apenas el 10% de los votos en su intento de conseguir la nominación demócrata para un escaño en Manhattan en junio pasado. La derrota lo dejó refugiado en la mansión familiar de Martha's Vineyard, según reportó el Daily News.
Ahora sus amigos tienen un plan de rescate: emparejarlo con la representante Alexandria Ocasio-Cortez, de 36 años, que también atraviesa un momento difícil tras confirmarse su ruptura con su prometido de larga data, Riley Roberts. Según el mismo reporte, los allegados de Schlossberg creen que, en el peor de los casos, el encuentro podría conseguirle un empleo en la oficina de AOC en Nueva York.
Schlossberg no tardó en reírse del asunto cuando The Post le preguntó directamente. «La respeto mucho, ella puede hacerlo mucho mejor que yo», dijo. Y ante la insistencia, remató: «Qué historia tan tonta».
Las fuentes consultadas por The Post no comparten su pesimismo. «Esos dos se llevarían muy bien», aseguró un informante. «Creen que el gobierno es una fuerza del bien. Al menos serían buenos amigos».
Los puntos en común no son pocos: ambos son usuarios prolíficos de Instagram, ambos han atravesado reveses recientes y sus trayectorias se cruzan desde hace años. Ocasio-Cortez inició su carrera política como pasante en la oficina del senador Ted Kennedy —tío de Schlossberg— mientras estudiaba en la Universidad de Boston. Además, AOC declaró recientemente a TMZ que ser republicano sería uno de sus mayores impedimentos en el amor. Schlossberg, al menos en ese punto, cumple el requisito.
Que no te lo cuenten: lo que esta historia revela no es un culebrón de corazones rotos, sino el estado real de la izquierda demócrata de élite. Un heredero de apellido ilustre que no logra convencer ni a su propio partido, y una figura que construyó su marca sobre la indignación popular pero que orbita los mismos círculos de poder que dice combatir. La «fuerza del bien» que mencionan sus amigos tiene un costo concreto: más burocracia, más gasto, más Estado. El romance ideológico entre la casta progresista y el gobierno ilimitado lleva décadas produciendo los mismos resultados. Lo nuevo aquí es que al menos uno de los protagonistas tiene la honestidad de admitir que no da la talla.


