Los Ángeles tiene un problema que no puede disimular: el suelo literalmente se abre bajo sus pies.
A principios de este mes, la ruptura de tuberías provocó tres socavones en tres zonas distintas de la ciudad, uno de ellos sobre el mítico Sunset Boulevard, en el área de West Hollywood. La causa directa, según reportes, fue una tubería de 110 años de antigüedad. No es una anécdota: es el síntoma de un sistema al borde del colapso.
La magnitud del problema es nacional, pero Los Ángeles es su epicentro. La American Society of Civil Engineers estima que aproximadamente el 20% de las tuberías principales de agua en Estados Unidos y Canadá han superado su vida útil, lo que equivale a unos 450,000 millas de tubería. Una porción significativa de ese inventario deteriorado está bajo las calles angelinas.
Mientras tanto, la ciudad tiene 23,000 millas de carriles y debería repavimentar alrededor de 920 millas al año para mantener el estándar de vida útil de las vías. El año pasado, el Departamento de Servicios de Calles apenas cubrió entre 60 y 100 millas de carril — tras un parate de ocho meses — después de haber hecho 312 millas el año anterior. Las matemáticas son brutales.
Y eso sin hablar de las aceras. Según la pieza de opinión publicada por el New York Post, Los Ángeles tiene entre 9,000 y 11,000 millas de aceras, y la ciudad no lleva registro de cuántas se reparan anualmente ni de cuánto paga en demandas por caídas. El aparato burocrático no sabe — o no quiere saber — cuánto le cuesta su propia negligencia a los contribuyentes.
La pregunta obvia es: ¿adónde va el dinero? La alcaldesa Karen Bass ha apostado por su programa «Inside Safe», que consiste en pagar habitaciones de hotel y motel para personas en situación de calle. La ciudad gasta miles de millones de dólares en este enfoque. El resultado, según cifras publicadas la semana pasada: la población sin hogar creció en el último año en lugar de reducirse.
Los miembros del Concejo Municipal de Los Ángeles cobran $244,727 anuales cada uno, más un paquete de beneficios. Con ese salario, la ciudad merece al menos aceras que no rompan tobillos y tuberías que no rompan el pavimento.
Lo ocurrido en Los Ángeles no es mala suerte ni fuerza mayor. Es la consecuencia directa de gobiernos locales que han decidido que sus prioridades son otras: programas de imagen, gasto clientelar y burocracia expansiva. La infraestructura — el servicio más básico que justifica la existencia de un municipio — quedó relegada.
Este es el costo real del gobierno grande y la gestión ideológica: calles que se hunden, tuberías centenarias que revientan y contribuyentes que pagan la factura de todo, incluido el fracaso. Que no te lo cuenten.



