Hollywood copia todo lo que funciona. Cuando «Halloween» arrasó en 1978, llegó una ola de slashers. Cuando «John Wick» pegó fuerte, llegaron los sicarios de moda. Pero cuando «Top Gun: Maverick» —según el propio Steven Spielberg— salvó la experiencia de ir al cine en 2022, la industria no replicó nada. Ni velocidad, ni patriotismo. Rareza sospechosa.
David Ellison, el productor detrás de esa película, no se quedó de brazos cruzados. Empujó una tercera entrega de «Top Gun» y una secuela de «Days of Thunder» (1990), ya con Anne Hathaway confirmada en el reparto. Ellison y su padre tienen vínculos con el entorno de Trump, algo poco común entre los directivos de estudio, tradicionalmente cercanos al establishment demócrata.
El siguiente paso es mayor: la fusión Paramount-Warner Bros. Discovery, que uniría el catálogo de ambos gigantes y crearía un estudio con peso cultural comparable a cualquier rival. Esa fusión ya enfrenta ataques, entre ellos los del fiscal general de California, Rob Bonta, que según el análisis original podría terminar hundiendo el acuerdo.
Hay otra pieza que ilustra hacia dónde apunta Ellison: produjo para Apple TV una película con Ryan Reynolds como piloto naval derribado sobre Rusia en 1987, con Kenneth Branagh como un exagente de la KGB desilusionado con su propio gobierno y enamorado de la cultura estadounidense. La cinta incluye una línea explícita: «El comunismo va en contra de la naturaleza humana». No es sátira: es diálogo real de la película, homenaje declarado a la década de Reagan.
Curiosamente, el propio Reynolds —uno de los mejores vendedores de Hollywood, el hombre que convirtió a Deadpool en fenómeno de masas— salió en la alfombra roja a criticar los años 80 que su propia película celebra. La ironía no pasó inadvertida.
Hay antecedentes de que este tipo de apuesta funciona: el cine de fe, abandonado por los grandes estudios, terminó siendo rescatado por productoras independientes hasta que Netflix y Prime Video se subieron al carro con series como «House of David» y «Ruth and Boaz». Taylor Sheridan hizo lo mismo en televisión con «Yellowstone» y «Landman», series de sensibilidad centro-derecha que funcionaron precisamente porque nadie más las hacía.
Ellison no es un ideólogo que busca panfletos sobre inmigración o clima. Es alguien que detectó historias que el relato dominante de Hollywood decidió no contar, y que hay público de sobra esperando por ellas.
Que la reacción institucional —desde fiscales estatales hasta la crítica de siempre— llegue tan rápido dice más de la industria que del proyecto. Cuando una fusión de estudios genera pánico político antes de estrenar una sola película, no es por números de mercado: es porque alguien podría romper el monopolio narrativo que Hollywood dio por garantizado durante décadas.



