Un estudio del Progressive Policy Institute, citado por la New York Post, encontró que los estados donde la American Federation of Teachers o la National Education Association ejercen gran poder obtienen peores resultados en alfabetización que aquellos donde los sindicatos tienen menos influencia.
Rachel Canter, directora de política educativa del PPI y arquitecta de la llamada Mississippi Miracle, resumió el hallazgo así: «Encontramos una correlación fuerte y negativa entre ambas cosas: cuanto más poderosos son los sindicatos, menos principios de política de alfabetización ha adoptado el estado».
La conclusión incomoda a la burocracia sindical, pero es difícil de esquivar. Cuando los sindicatos de empleados públicos acumulan demasiado poder, priorizan su fuerza política y los privilegios de sus afiliados, no las necesidades de los niños. Eso no es un accidente. Es el incentivo.
La nota también apunta a Nueva York, donde más de la mitad de los alumnos de 3.º a 5.º grado no aprueba los exámenes de competencia lectora. Allí, la gobernadora Kathy Hochul intentó trabajar con los sindicatos para ayudar a los niños. El resultado, según la fuente, fue un fiasco: pagó a NYSUT millones para diseñar un currículo de «ciencia de la lectura» y el producto fue basura.
El mismo patrón aparece en otros lugares. En Massachusetts, de tendencia azul, se aprobaron reformas fuertes de «ciencia de la lectura» pese a la oposición sindical. La nota lo atribuye, en parte, a que algunos docentes se enfrentaron a las mentiras de los líderes laborales.
También se menciona a Los Ángeles, donde el sindicato docente es afiliado tanto de la AFT como de la NEA. Y se recuerda que, a nivel nacional, muchos padres vieron a los sindicatos mantener cerradas las escuelas mucho más tiempo del razonable después de la llegada del COVID, mientras Randi Weingarten trabajaba con la administración Biden para respaldar esa locura.
Que no te lo cuenten. Cuando el aparato sindical domina la escuela pública, el alumno deja de ser el centro. El centro pasa a ser el poder, la negociación y el presupuesto. Y así, una institución que debería abrir oportunidades termina cerrándolas.
Otra vez la doble vara: se exige más dinero de los contribuyentes, pero menos rendición de cuentas. Se promete «equidad», pero se tolera el fracaso. Si la educación pública quiere sobrevivir, tiene que volver a servir a los niños, no a la casta sindical.



