La agenda de los Socialistas Democráticos de América (DSA) ya no se disimula. Entre sus propuestas figura abolir el Senado de Estados Unidos y convertir al Ejecutivo y a la Corte Suprema en órganos subordinados a la Cámara de Representantes. Un solo cuerpo legislativo omnipotente. Sin contrapesos, sin federalismo, sin frenos.
Figuras alineadas con la DSA, como Zohran Mamdani y Alexandria Ocasio-Cortez, representan cada vez más el ala juvenil del Partido Demócrata. El influencer de izquierda Hasan Piker ha declarado públicamente que no tiene «problema con el comunismo como meta final», según recoge el análisis publicado por el New York Post.
Lo que la DSA vende como innovación democrática es, en realidad, una idea de más de dos siglos de antigüedad —y ya derrotada en el debate intelectual—. En 1787, John Adams publicó su obra «A Defence of the Constitutions of the United States of America» precisamente para rebatir a los intelectuales franceses que exigían exactamente lo mismo: concentrar el poder en una asamblea única. Dos años después llegó la Revolución Francesa, con su Reinado del Terror incluido.
La Constitución federal se construyó sobre el principio opuesto: cámaras separadas, poderes divididos y un equilibrio entre gobierno nacional y estados. Ese diseño lleva 239 años funcionando. El modelo que propone la DSA, en cambio, tiene un historial documentado de caos y violencia.
Según datos del Instituto Cato citados en el artículo, la Generación Z —estadounidenses de entre 14 y 29 años— prefiere el socialismo al capitalismo en una proporción de 53% a 45%. La DSA, señala el análisis, no necesita mayoría para avanzar: una minoría motivada basta cuando la mayoría desconoce el peligro.
El mecanismo es claro: si abolir el Senado es políticamente imposible hoy, deslegitimarlo es el primer paso para deslegitimar el principio mismo del federalismo. El objetivo no es solo eliminar una cámara; es eliminar el obstáculo que impide que una mayoría circunstancial lo controle todo.
California es el laboratorio. El estado con más republicanos en términos absolutos del país opera como un sistema de partido único, y el gobernador Gavin Newsom impulsa una redistribución de distritos que consolida ese monopolio. La DSA quiere replicar ese modelo a escala nacional.
Que no te lo cuenten. Lo que se presenta como «más democracia» es exactamente lo contrario: la concentración de poder en manos de quien gane una sola elección, sin frenos institucionales, sin representación de minorías territoriales, sin posibilidad real de corrección. El libre mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado no sobreviven en un sistema donde una sola asamblea lo decide todo. La burocracia no necesita abolir la Constitución de golpe; le basta con convencer a una generación de que el Senado es un obstáculo antidemocrático. El relato se está construyendo. La pregunta es si alguien lo detiene a tiempo.



