Bill Maher cargó el viernes contra la izquierda más dura después de la polémica por un bar lésbico de Massachusetts que decidió volver opcional el uso de mascarilla una noche por semana.
En «Real Time», el comediante habló del Last Ditch Bar and Arts Venue, en Greenfield, un local que había recibido críticas tras la decisión de levantar su mandato de mascarilla de la era COVID solo los sábados. Según el Boston Globe, el negocio enfrentaba quejas de clientes que decían no poder pagar la entrada, aunque el bar los dejaba pasar igual.
Maher puso el foco en la crisis económica del local. Dijo que, aunque había cargo de cobertura, si alguien no podía pagarlo no se lo cobraban. Añadió que allí eran bienvenidas las personas sin hogar, pero no la policía. También señaló que una de las propietarias vivía en su camioneta porque el negocio perdía dinero.
El bar anunció el 31 de agosto en Instagram que abriría los sábados con la mascarilla como opción. Lo hizo, según su publicación, «con amor» para sus «divas discapacitadas inmunocomprometidas».
La reacción fue inmediata. El Boston Globe reportó que el 11 de septiembre hubo una reunión comunitaria mensual con fuertes quejas. Entre los críticos virtuales también aparecieron objeciones contra una mediadora, una terapeuta con licencia que es blanca. Una persona citada por el periódico dijo que había gente pidiendo un reconocimiento del daño y criticó que se centraran en «los sentimientos de un personal mayoritariamente blanco y blanco-adjacent».
Maher fue directo. Dijo que «la izquierda tolerante hizo lo que siempre hace: se volvió muy intolerante y se fue». También citó mensajes atribuidos a críticos del bar, como «gente como ustedes mata a personas discapacitadas en nombre de su propio ocio y conveniencia» y «ojalá incendien su local». Para Maher, ese nivel de odio demuestra el problema de fondo.
Otra vez la doble vara. El discurso de tolerancia se derrumba en cuanto choca con la realidad de un negocio que intenta sobrevivir. Aquí no solo hay una pelea cultural; hay dinero de los clientes, ingresos perdidos y un local que, según se reportó, llegó al punto de que una de sus dueñas vivía en una camioneta.
Y ese es el punto incómodo para la casta moralista: cuando la ideología manda más que la viabilidad, la libre empresa paga la cuenta. Que no te lo cuenten.


