Ashley Garibay tenía 23 años, venía de Stockton, California, y había encontrado en In-N-Out Burger algo que pocas personas encuentran en su primer trabajo: un propósito. Su familia lo dijo sin rodeos en un comunicado entregado a la prensa: «se enamoró» de las responsabilidades del puesto, viajaba orgullosa a abrir nuevas tiendas y su sueño era, algún día, manejar una de ellas.
El sábado por la tarde ese sueño terminó. Chad Williams, de 24 años, abrió fuego dentro del local de Twin Falls, Idaho, alrededor de las 2 p.m., en una escena que el jefe de policía Matthew Hicks describió como «muy caótica». Garibay fue alcanzada por los disparos. También murió Christopher Claunch, de 59 años, quien había ido al restaurante por primera vez desde su apertura el 24 de julio. Varios más resultaron heridos.
Garibay no estaba sola: había viajado desde California como parte de un «equipo de estrellas» convocado para capacitar al personal del nuevo local, que apenas llevaba diez días abierto. Una compañera de ese mismo equipo logró escapar y llamó a su familia llorando: «Estoy viva», les dijo, antes de contarles que una colega había sido baleada.
Testigos describieron a Williams saliendo del drive-thru con lo que parecía ser un rifle estilo AR. Dos civiles armados le respondieron el fuego en el estacionamiento. Un empleado de In-N-Out fue visto arrastrando a un compañero herido mientras otros intentaban ayudar hasta que llegaron los paramédicos. Williams, quien actuaba solo según la policía, fue encontrado muerto más tarde por una herida de bala autoinfligida.
Lynsi Snyder, presidenta de In-N-Out Burger, publicó un comunicado el domingo: «Estaba cuidando a nuestro activo más importante, nuestros clientes, y su vida fue arrebatada por un ser despreciable que no valora la vida de los demás ni la suya propia».
La familia de Ashley lanzó un GoFundMe para cubrir los gastos del funeral y describió a su hija como «una hija, hermana, tía, prima y amiga devota» cuya vida «nos fue arrebatada demasiado pronto». Agradecieron a los compañeros y a los primeros respondedores que acudieron a consolarla en sus últimos momentos.
Ashley Garibay representa exactamente lo que el relato del miedo quiere borrar: una joven trabajadora, ambiciosa, que cruzó un estado para hacer bien su trabajo. No hay ideología que la devuelva. Sí hay una pregunta que queda en pie: ¿cuántas Ashleys más antes de que las ciudades decidan en serio que proteger a sus ciudadanos vale más que cualquier otro cálculo político?



