La administración de Claudia Sheinbaum tiene una estrategia frente a Washington: sonreír, servir mezcal y no firmar nada que comprometa. Cuando el representante comercial estadounidense Jamieson Greer visitó Ciudad de México a finales de julio, fue recibido con honores en el aeropuerto por el secretario de Economía Marcelo Ebrard, pasó más de una hora con la presidenta en Palacio Nacional y cerró la jornada con cócteles y aplausos empresariales. Otra ronda de conversaciones quedó programada para principios de septiembre.
Los números, por ahora, respaldan la táctica. Las exportaciones no petroleras de México a EE.UU. aumentaron casi 36 por ciento respecto al año anterior en junio, ampliando el superávit comercial por encima de los 102 mil millones de dólares en el primer semestre. El peso, además, se había apreciado alrededor de 9 por ciento frente al dólar respecto al año anterior, convirtiéndose en la divisa con mejor desempeño entre las 16 principales monedas que sigue Bloomberg.
El propio Greer lo reconoció el 15 de julio: «Las cosas van bien con los mexicanos. Son bastante pragmáticos». Y luego señaló el elefante en la sala: el creciente déficit comercial de EE.UU. con México. «Realmente es un problema», dijo. Aunque, como apunta el análisis de Bloomberg citado en la fuente, ese déficit responde en buena medida al «voraz apetito estadounidense» por productos vinculados al desarrollo de infraestructura para inteligencia artificial.
El marco legal también le da a México palancas reales. Cualquier cambio sustancial al T-MEC requeriría la aprobación del Congreso estadounidense, algo que la Casa Blanca parece querer evitar. Eso le da tiempo y margen al equipo negociador mexicano. El exnegociador comercial Luis de la Calle lo resume sin rodeos: «Lo que va a resolver el contenido de la negociación es la política interior de Estados Unidos. A la hora de la hora, tienen que convencer a Trump y eso solo lo va a hacer el empresario local».
Pero no todo es hospitalidad y cifras positivas. EE.UU. impuso el mes pasado nuevos aranceles de 10 por ciento a México con el argumento del trabajo forzoso, afectando aproximadamente al 15 por ciento del comercio bilateral que queda fuera del T-MEC. Se suman los aranceles de 25 por ciento sobre automóviles y camiones fabricados en México, y el gravamen de 50 por ciento a las importaciones de acero, aluminio y cobre. La renovación a largo plazo del T-MEC hasta 2042, contemplada antes del giro proteccionista de Trump, quedó descartada: ahora el pacto se revisa año a año.
Desde Contrafuego, el cuadro merece dos lecturas. La primera: la integración de Norteamérica funciona porque la lógica de las cadenas de suministro es más poderosa que el teatro político, y eso es una victoria del libre mercado sobre la burocracia arancelaria. La segunda, más incómoda: el gobierno de Sheinbaum no está ganando esta partida por mérito propio sino porque EE.UU. se dispara en el pie cada vez que impone un arancel que sus propias empresas terminan pagando. Aguantar no es lo mismo que negociar. Y la incertidumbre que frena decisiones de inversión, especialmente en la industria automotriz, tiene un costo real que no aparece en los titulares de Palacio Nacional.
Que no te lo cuenten.



