México respiró. Eso es un hecho.
Mientras buena parte del mundo enfrenta aranceles generalizados de Washington, alrededor del 85 por ciento de las exportaciones mexicanas continúa entrando libre de gravámenes al mercado estadounidense gracias al T-MEC. Así lo señala el análisis de Jeanette Leyva en El Financiero. No es un triunfo definitivo. Es una ventaja competitiva que el resto del mundo quisiera tener.
El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ha pasado las últimas semanas no solo negociando, sino explicando qué pasó con la revisión del tratado. El mensaje oficial: «ya pasó lo peor». La realidad: la presión continuará.
En septiembre habrá nuevas negociaciones sobre las secciones 232 y 301. Afectan directamente al acero, al aluminio y a los automóviles. Nadie puede garantizar que Trump no vuelva a sorprender con un nuevo anuncio. La incertidumbre es parte del paisaje.
El verdadero cambio de fondo es otro. Trump ya no negocia solo comercio. La geopolítica, la seguridad económica y las cadenas de suministro son ahora parte de la mesa. La lógica dejó de ser quién produce más barato. Pasó a ser quién resulta estratégico para Estados Unidos. Ahí México tiene un papel claro.
Los números lo confirman. Llegan anuncios de nueva inversión de Kia. General Motors fortalece su presencia para sustituir importaciones provenientes de China. Se habla de una posible tercera armadora con la misma estrategia. Al mismo tiempo, Toyota en Tijuana y Nissan en Morelos enfrentan posibles reubicaciones. El escenario es mixto. Eso también es un hecho.
Desde la Secretaría de Economía leen el momento como una transición. México estaría entrando en una nueva etapa de sustitución de importaciones y desarrollo de proveedores nacionales para vehículos eléctricos. Los inversionistas, según la fuente, escuchan ese relato.
El desafío del gobierno de Claudia Sheinbaum y de Ebrard será respaldarlo con resultados. Los proyectos del Plan México todavía no ven la luz. Eso es lo urgente, según el análisis.
Que no te lo cuenten: México conserva hoy una posición envidiable en el rediseño de cadenas globales de valor. Eso no lo construyó la burocracia sola. Lo construyó décadas de integración manufacturera, inversión privada y libre empresa. El riesgo real es que el aparato estatal capture ese momento con más regulación, más gasto y menos certeza jurídica. Washington quiere producir cerca de casa. Si México responde con reglas claras y mercado abierto, gana. Si responde con control y discrecionalidad, pierde la ventaja antes de cobrarla.



