La Universidad de Michigan tiene un nuevo plan para sus casi 20.000 estudiantes de pregrado en el College of Literature, Science, and the Arts (LSA): a partir del otoño de 2027, los alumnos de primer año no verán calificaciones reales en su expediente oficial durante su primer semestre.
En su lugar, recibirán una marca de «Pass» (P) o «No Credit» (NC). Las notas en letras seguirán existiendo —los profesores las asignarán como siempre— pero no aparecerán en los expedientes externos ni se reflejarán en el GPA oficial del estudiante.
La universidad lo justifica con dos argumentos: reducir el estrés asociado a las calificaciones tempranas y mejorar la salud mental de los universitarios. «Creemos que cubrir las notas ayudará a los estudiantes a empezar con fuerza y a frenar la crisis de salud mental que se despliega entre los jóvenes universitarios», reza el sitio oficial del programa.
El segundo argumento es igualmente revelador: quieren que los alumnos «prueben cosas nuevas» sin miedo a que una mala nota los perjudique. Es decir, la institución admite que el sistema de calificaciones funciona como incentivo, y su respuesta es... eliminar el incentivo.
Hay, eso sí, excepciones notables. La oficina de ayuda financiera sí tendrá acceso a las notas reales para verificar que los estudiantes cumplen los estándares exigidos por becas y subsidios. El departamento atlético también podrá consultar las calificaciones para determinar la elegibilidad deportiva. Es decir: el dinero y el deporte sí merecen la verdad; el resto del mundo, no.
El programa es piloto y aplica únicamente a los estudiantes que ingresen al LSA en el semestre de otoño de 2027.
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Que no te lo cuenten. Lo que Michigan llama «momentum estudiantil» es, en el fondo, una decisión institucional de retrasar el contacto del alumno con la realidad. El mercado laboral, los posgrados y cualquier entorno competitivo miden resultados. Ocultar las notas no elimina las diferencias de preparación: las pospone y las agranda.
La doble vara es elocuente: las becas y el atletismo siguen exigiendo rendición de cuentas real. Solo el expediente académico —la herramienta que debería orientar al estudiante sobre sus fortalezas y debilidades— queda maquillado. Una universidad de élite que protege a sus alumnos de sus propias calificaciones no está formando profesionales; está administrando la ilusión de que todos van bien. El contribuyente y las familias que pagan matrícula merecen saber qué están comprando.



