Mick Jagger, 82 años y más de seis décadas sobre los escenarios del mundo, no necesita manual de instrucciones para entender a su público. En una entrevista en el podcast del New York Times, el frontman de los Rolling Stones fue directo cuando el conductor David Marchese le preguntó por Bruce Springsteen y sus encendidos discursos anti-Trump durante la gira «Land of Hope and Dreams American Tour».
«Mi trabajo en el mundo de la música en vivo es que la gente que viene lo pase lo mejor posible», dijo Jagger. «Durante dos horas, olvidar todos sus problemas y los problemas del mundo, sus hipotecas y lo que sea. Solo darles el mejor momento que puedan tener.»
La comparación que eligió es elocuente: «Es parecido a ir a un evento deportivo. Todo lo demás queda afuera. Solo estás viendo quién va a ganar. No te estás preocupando por todo lo demás.»
Jagger no se cerró del todo a la política en la música — aclaró que tiene el hábito de meter «un verso sobre política» dentro de canciones sobre relaciones personales. Pero remató con una sentencia que resume su postura: «Nadie quiere escuchar una canción entera sobre política.»
El contraste con Springsteen es difícil de ignorar. El cantante de Nueva Jersey ha llamado «imprudente» a la administración Trump y acusado al presidente de ser «traicionero» desde el escenario, según reporta el New York Post. También lanzó una canción que hace referencia a «King Trump» y sus «matones federales», tras las muertes de dos manifestantes anti-ICE. Trump respondió en Truth Social llamándolo «ciruela pasa reseca» y pidiendo a sus seguidores boicotear la gira.
Jagger tampoco es ajeno al comentario político ocasional: en mayo de 2024, durante el Jazz & Heritage Festival de Nueva Orleans, apuntó contra el gobernador republicano Jeff Landry acusándolo de querer «llevarnos a la Edad de Piedra». Landry le devolvió el golpe con humor en X: «Solo puedes conseguir lo que quieres. El único que quizás recuerde la Edad de Piedra es Mick Jagger. Te quiero, amigo».
Pero hay una diferencia entre un pinchazo irónico y convertir cada noche de concierto en un mitin. Eso lo entiende Jagger mejor que nadie.
Aquí está el principio en juego: la gente que compra una entrada no está firmando un contrato ideológico con el artista. Paga por dos horas de escape, no por adoctrinamiento con guitarra de fondo. Cuando un músico convierte su gira en plataforma de agitación permanente, no está siendo valiente — está abusando de una audiencia cautiva que pagó su boleto con el dinero que le queda después de impuestos. Jagger lo sabe. El público también. El relato del artista-profeta que ilumina a las masas se cae solo cuando las masas empiezan a pedir el reembolso.
