Mike Rowe ha bajado a alcantarillas, ha faenado en barcos cangrejeros y ha limpiado lo que nadie quiere limpiar. Pero hay un lugar al que dice que no regresaría nunca: las minas de ópalo de Coober Pedy, en el outback australiano.
Rowe lo reveló en una entrevista reciente en «The Shawn Ryan Show». El podcaster Shawn Ryan había puesto sobre la mesa el caso de los «tunnel rats», soldados aliados en Vietnam que se metían voluntariamente en los túneles subterráneos del Viet Cong para localizar enemigos, recoger información y desactivar trampas. Rowe admitió que eso era «difícil de superar» en términos de trabajo miserable, pero encontró su equivalente moderno.
«Minería de ópalo. En el outback australiano, en un pueblo llamado Coober Pedy. Hacía 129 grados el día que estuve allí. Es la capital mundial del ópalo… la ciudad en sí está bajo tierra. Hace demasiado calor para vivir arriba», dijo Rowe.
El método de trabajo es tan simple como brutal: se cavan pozos de prospección de hasta 60 pies de profundidad en busca de las gemas. Rowe describió estar a esa profundidad, con solo una linterna y un casco, como «estar en una tumba».
Lo que lo distingue del resto de trabajos peligrosos que ha documentado no es solo el calor extremo. Es la ausencia total de regulación. «Los mineros de ópalo son como los pescadores de cangrejos en el desierto, pero al cubo. Porque en esta parte del mundo no hay OSHA», señaló.
La noche antes de comenzar a trabajar, sobrevoló los campos de ópalo. Lo que vio desde el aire lo inquietó: miles de pozos abiertos, ninguno rellenado, dispersos por el paisaje como cráteres. El piloto le explicó que la fauna local —emúes, canguros, avestruces— cae en esos pozos constantemente y muere en el fondo. Y no solo animales: según le contaron a Rowe, algunos turistas también han muerto al acercarse demasiado al borde intentando fotografiar el atardecer.
El libre mercado funciona cuando los riesgos son conocidos y asumidos voluntariamente. Lo que describe Rowe en Coober Pedy es otra cosa: un entorno donde la información es escasa, la señalización inexistente y el precio del error se paga con la vida. No hace falta una burocracia federal para reconocer que un pozo abierto de 60 pies en medio del desierto, sin señal ni cerca, es un problema de sentido común antes que de regulación. Rowe, que ha dedicado su carrera a reivindicar el trabajo manual y a quienes lo hacen, no romantiza el peligro. Lo documenta. Y en este caso, dice que con una vez fue suficiente.

