El Senado de la República tiene fecha para renovar su cúpula. El próximo 30 de agosto, la bancada de Morena celebrará una plenaria. Ahí elegirá al senador que presidirá la Mesa Directiva a partir del 1 de septiembre.
Lo confirmó la propia Laura Itzel Castillo Juárez en conferencia de prensa. Ella deja la presidencia del Senado. Se incorpora como nueva titular de la Secretaría de las Mujeres del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Antes de irse, votará. Castillo Juárez acudirá a la plenaria morenista para emitir su sufragio en la elección de su sucesor. Un detalle que dice mucho: el control del Senado no se suelta, ni en la transición.
Hasta ahora hay tres aspirantes sobre la mesa. Oscar Cantón Zetina, Manuel Huerta Ladrón de Guevara e Higinio Martínez mantienen su candidatura. Los tres son de Morena. La oposición, como de costumbre, mira desde afuera.
Hay una salvedad importante. Si el grupo parlamentario llega a la plenaria con un «candidato de unidad», la votación se cancela. Es decir: si el aparato ya decidió, el trámite democrático sobra. Eso no lo dijo Contrafuego. Lo deja entrever el propio mecanismo que describió Castillo Juárez.
El movimiento de piezas es claro. Una senadora sale del Legislativo para ocupar una secretaría de Estado. El hueco lo cubre otro cuadro del mismo partido. El Senado sigue siendo territorio morenista. El gabinete también.
Que no te lo cuenten.
Esto es la casta en movimiento. No hay alternancia, no hay competencia real: hay rotación interna. El oficialismo administra los cargos como si fueran propiedad del partido, no mandatos ciudadanos. La Mesa Directiva del Senado debería representar a todos los mexicanos. En los hechos, es una silla más que Morena asigna en sus plenarias dominicales. El contribuyente financia el aparato. El aparato decide quién lo dirige. La diferencia entre consenso y imposición, en este esquema, es solo de forma.



