R. James Woolsey Jr. murió el martes a los 84 años. La causa fue un derrame cerebral, según informó su esposa, Conchita Sarnoff Woolsey, al Washington Post y al New York Times.
Pero el trasfondo es más oscuro. Ella misma señaló que su marido venía sufriendo un deterioro de salud progresivo en los últimos años. La razón: el llamado «Síndrome de La Habana». «Viajamos por el mundo buscando una cura y un tratamiento», declaró según el Post. «Que tristemente nunca encontramos».
Woolsey dirigió la inteligencia estadounidense entre 1993 y 1995. Fue director de la CIA durante los dos primeros años de la presidencia de Bill Clinton. No fue un cargo cómodo. Le tocó gestionar la Agencia en plena turbulencia presupuestaria tras el fin de la Guerra Fría. La CIA reconoció en redes sociales que «abogó por la Agencia en un momento de incertidumbre presupuestaria», preservando la moral de los oficiales y construyendo el vínculo entre la comunidad de inteligencia y las fuerzas del orden.
Su carrera al servicio del Estado fue larga. Ejerció como subsecretario de la Marina durante parte del gobierno de Jimmy Carter. Luego fue embajador en las Negociaciones sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa bajo George H.W. Bush. La CIA lo despidió con una frase directa: «Fue un gran patriota».
El «Síndrome de La Habana» sigue siendo uno de los asuntos más incómodos del aparato de seguridad norteamericano. Decenas de funcionarios y agentes reportaron síntomas neurológicos severos. El debate sobre su origen —accidental o deliberado— lleva años sin cerrarse. Woolsey pagó ese precio en silencio, sin diagnóstico definitivo y sin tratamiento eficaz.
Contrafuego lo dice sin rodeos: un hombre que dedicó décadas al servicio de su país terminó sus días buscando respuestas que el sistema no supo darle. Eso no es un detalle menor. Es una pregunta sin responder sobre qué le ocurrió a quienes sirvieron en primera línea. La burocracia que él ayudó a sostener no estuvo a la altura cuando le tocó protegerlo a él. Que no te lo cuenten de otra manera.



