Un supermercado Vons en el barrio de Granada Hills, Los Ángeles, enfrenta una ola de críticas después de que un cliente muriera en el pasillo de la panadería el 5 de julio y la tienda permaneciera abierta durante horas, con el cuerpo a la vista de los demás compradores.
La empleada Paszion Horner-Smith, quien se desempeñaba como supervisora cuando ocurrió la emergencia médica, relató que ella y otro trabajador intentaron practicarle RCP al cliente, pero ya era demasiado tarde. Lo que vino después la dejó sin palabras.
«Me llamaron desde corporativo porque estaban viendo las cámaras, diciéndome que necesitaba bloquear el cuerpo usando carritos», declaró Horner-Smith a CBS LA. «¿Cómo puede alguien hacer eso? La falta de empatía es horrible. Es horroroso».
Según su relato, la escena se prolongó durante cuatro horas. La familia del fallecido tuvo que permanecer dentro del establecimiento esperando la llegada del servicio funerario, sin poder acercarse ni tocar a su ser querido, mientras otros clientes seguían haciendo sus compras a metros del cuerpo.
«La pobre familia sentada ahí. No podían ver a su ser querido, no podían tocarlo. Estuvieron en la tienda cuatro horas mientras la gente seguía comprando alrededor del difunto», dijo Horner-Smith visiblemente afectada.
Antes esas declaraciones, un vocero de Albertsons —empresa matriz de Vons— emitió un comunicado en el que aseguró estar «entristecida por esta trágica situación» y que sus «pensamientos están con la familia». La compañía añadió que su equipo contactó a los servicios de emergencia y colaboró con las autoridades presentes, y que «por respeto al fallecido y su familia» no compartiría más detalles.
La respuesta corporativa no convenció a nadie. Y tiene sentido que no lo haga.
Lo que ocurrió en ese Vons no es un accidente de protocolo: es el retrato de una burocracia corporativa que, ante la muerte de un ser humano, calculó primero el impacto en ventas del día. Mientras la familia lloraba a metros del cuerpo, alguien en una oficina miraba cámaras de seguridad y daba instrucciones para que el espectáculo continuara. Eso no es un error operativo; es una decisión.
La libre empresa exige responsabilidad frente al cliente, no solo frente al accionista. Una empresa que trata el cadáver de su propio comprador como un obstáculo logístico a disimular con carritos ha roto ese contrato básico. El comunicado de Albertsons no repara nada: confirma que la prioridad fue proteger la imagen, no la dignidad. Que no te lo cuenten.



