El senador Lindsey Graham murió hace unos días a causa de una disección aórtica. Tenía 71 años.
La reacción pública dividió aguas con una claridad brutal. La mayoría de la derecha y buena parte de la izquierda prominente expresaron condolencias genuinas, reconociendo su carácter y sus principios aunque no siempre compartieran su política. Hasta ahí, lo esperable en una sociedad mínimamente civilizada.
Luego están los otros.
Una franja de las redes sociales dedicó los últimos días a celebrar su muerte, a construir teorías conspirativas —Irán, Rusia, Israel, el Mossad, elijan su favorita— y a usarla como trampolín para golpes políticos reciclados. La revista The Atlantic, por ejemplo, no publicó condolencias. Publicó un artículo viejo titulado «La historia juzgará a los cómplices». Clase y sobriedad, como siempre.
Los hechos sobre Graham merecen ser dichos con claridad. Se pagó la universidad con una beca ROTC tras la muerte de su madre, y con eso también sostuvo a su hermana menor. Sirvió en la Fuerza Aérea durante décadas antes de llegar al Senado. Fue defensor sin ambigüedades de Israel, Taiwán y Ucrania, incluso cuando eso le costaba políticamente en ambos flancos. Murió horas después de regresar de un viaje a Ucrania para gestionar un paquete bipartidista de sanciones contra Rusia. Sus últimas palabras públicas registradas: «Júzgame por mis enemigos».
Su giro desde crítico feroz de Trump hasta uno de sus aliados más firmes fue leído por muchos como oportunismo. Otra lectura, más honesta, es que Graham observó, recalibró y ajustó su posición. Eso no es cobardía. Eso es lo que se le debería exigir a cualquier representante.
Sobre las conspiraciones: ninguna fuente oficial —ni la familia, ni la presidencia, ni ningún canal con algo que perder— ha señalado una causa de muerte que no sea natural. Una disección aórtica no requiere al Mossad ni al GRU.
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Que no te lo cuenten. Lo que revelan las celebraciones y los oportunismos de estas horas no es ningún juicio moral sobre Graham. Es el retrato fiel de una cultura política que ha normalizado el odio como identidad y la muerte ajena como munición. El mismo sector que exige «civismo» cuando le conviene muestra los dientes en cuanto cae alguien que no era de los suyos.
Graham fue un defensor del orden, la alianza occidental y el Estado de derecho. Se puede discrepar de sus votos, de sus alianzas, de sus cálculos. Lo que no tiene lugar en ningún debate serio es la fiesta. Hay un hombre muerto, una familia de luto y un asiento vacío en el Senado. El resto es ruido.



