Netflix vuelve a apostar por la subversión, y esta vez el blanco es «Cinderella». Su próxima película animada, «Steps», presenta a las hermanastras malvadas como las víctimas maltratadas, no como las abusadoras del cuento clásico.
En la trama descrita por Daily Wire, Lilith, interpretada por Ali Wong, resiente a su hermanastra Cinderella, encarnada por Amanda Seyfried. Cuando Lilith convierte por accidente a su hermana Margot, de Stephanie Hsu, en una rana, debe unir fuerzas con Cinderella para romper el hechizo, salvar el reino y reparar su relación familiar.
El problema, según la crítica, es que la película se aparta de manera frontal de los elementos que hacen reconocible a «Cinderella». La protagonista original es una joven obligada a servir por una madrastra cruel, ayudada por una figura mágica y rescatada por un zapato de cristal que la reúne con el príncipe. Nada de eso parece sostenerse aquí.
Daily Wire sostiene que esta versión cambia la esencia misma del personaje. En «Steps», Cinderella aparece como una joven consentida, querida en su ciudad y ajena al sufrimiento que define el cuento tradicional. La nota también afirma que los cinco guionistas de la película la convierten en «la mala hermana», alguien que abandona socialmente a Lilith en vez de ayudarla.
La crítica admite que sí existen reinterpretaciones válidas del cuento. Menciona «Into the Woods», «The Ugly Stepsister», «Ever After», «Rogers and Hammerstein’s Cinderella», «Disney’s Cinderella III» y hasta la cuarta temporada de «Bridgerton» como ejemplos de obras que añaden matices sin borrar la virtud de la protagonista.
Pero aquí, dice la reseña, el cambio va más lejos. Ya no se trata de complejidad. Se trata de trasladar la crueldad de la hermanastra a la heroína y vaciar al relato de bien y mal. El resultado, concluye, es una historia «confusa» y quizá «maliciosa».
Y ahí está el fondo del asunto. Cuando la cultura decide que la villanía merece aplauso y que la bondad es una molestia, el relato no se moderniza: se pudre. La burocracia del entretenimiento progresista lleva años premiando la inversión moral, como si enseñar virtud fuera anticuado y justificar el egoísmo fuera profundidad.
Que no te lo cuenten. Lo que Netflix vende como diversidad de miradas es, muchas veces, una simple guerra contra los modelos de carácter que sí forman a los niños. Otra vez la doble vara: se celebra la «relectura» cuando destruye la inocencia, pero se ridiculiza la virtud cuando aún puede inspirar a una niña a ser mejor.



