Gavin Newsom pidió otra vez activar la 25ª Enmienda contra Donald Trump, al que llamó «mentalmente enfermo» y «deranged and dangerous» tras los comentarios del presidente sobre Los Ángeles y San Diego en un mitin en Grand Island, Nebraska.
Trump dijo: «They can take out a city. Let them take out Los Angeles. Let them take out San Diego. This is a very small price to pay.»
Newsom respondió en X que era «TIME FOR THE 25TH!». No es la primera vez que el gobernador de California plantea ese camino: en julio ya había dicho que un discurso de Trump sobre integridad electoral representaba un «legitimate 25th Amendment moment» y lo describió como «the rambling of a mad king».
La 25ª Enmienda, ratificada en 1967, establece un proceso por el cual el vicepresidente y la mayoría del gabinete —o un órgano designado por el Congreso— pueden declarar que el presidente no puede cumplir las funciones del cargo.
La Casa Blanca salió al cruce. Steven Cheung, director de comunicaciones, dijo que la reacción posterior fue un «media freakout» que «not rooted in reality», y sostuvo que Trump «was clearly stating U.S. cities would have been threatened if a nuclear Iran hadn't been stopped».
Cheung añadió: «America is safer because of the President. Iran has no nuclear, no navy, no air force, and no money».
En paralelo, el texto recuerda que republicanos acusaron antes a Newsom y a otros demócratas de doble vara por defender a Joe Biden mientras había dudas sobre su edad y aptitud cognitiva.
El episodio deja algo claro: la 25ª Enmienda volvió a convertirse en arma política antes que en estándar constitucional. Y cuando eso pasa, el debate institucional se degrada en propaganda, mientras la burocracia mediática hace el resto.
Otra vez la doble vara. Si un bando convierte la salud mental del presidente en munición partidaria, no está defendiendo la república: está explotando el poder del relato. Y cuando la regla cambia según quién manda, el contribuyente termina pagando el costo de una clase política que normaliza la excepción.


