Una niñera de Nueva Jersey compareció llorando ante un tribunal tras ser acusada de agresión sexual contra una niña de 2 años, y su propia defensa intentó responsabilizar a la menor por los hechos.
Victoria Cranmer, de 25 años, fue retenida sin derecho a fianza por el juez Kenneth Palmer del condado de Ocean, quien calificó el incidente del 6 de mayo como «bizarro» y «perturbador».
La acusación, según reportó el Asbury Park Press, se basa en un video de 14 segundos grabado en Snapchat. La fiscal Lynn Juan describió ante el juez que el clip mostraba a Cranmer sentada en el baño, riendo, mientras la niña la tocaba. El hecho ocurrió dentro del hogar de la menor, mientras su madre estaba fuera y Cranmer la cuidaba.
La abogada defensora, Marissa Koerner, sostuvo que el video mostraba «un momento inocente» y no constituía un delito. «Cualquiera que haya pasado tiempo cuidando niños pequeños entiende que los niños a menudo no respetan el espacio personal o la privacidad», argumentó Koerner. Añadió que «los niños pequeños rutinariamente siguen a padres o cuidadores al baño, tocan cosas, hacen preguntas y no reconocen los límites sociales ordinarios».
El juez Palmer no se mostró convencido. «No encuentro que haya habido ningún intento de detener a la niña de tocarla», señaló desde el estrado.
El caso salió a la luz cuando una amiga de Cranmer, en cuya casa había estado viviendo durante tres meses, recuperó un teléfono que le había comprado y encontró el video en la cuenta de Snapchat de la acusada. Según los documentos judiciales, la amiga pudo identificar a Cranmer por un tatuaje distintivo y otras marcas en sus piernas.
Que no te lo cuenten. Lo que ocurrió en esa sala de audiencias no fue solo una estrategia legal: fue el intento de convertir a una niña de 2 años en responsable de lo que un adulto le hizo. La defensa no negó el video; lo reencuadró. Eso tiene un nombre, y no es «inocente».
El sistema funcionó esta vez: el juez no tragó el relato y ordenó prisión preventiva. Pero el caso expone algo más amplio: la facilidad con que ciertos argumentos —centrados en la «curiosidad natural» de los menores— se usan para desplazar la responsabilidad del adulto. La protección de los niños no puede depender de cuán persuasiva suene la defensa.



