Nueva Orleans se convirtió en la primera gran ciudad de Estados Unidos en poner inteligencia artificial en la primera línea de atención de emergencias. El Orleans Parish Communication District, que procesa más de mil llamadas de emergencia al día, ahora enruta algunas de esas llamadas a través de un sistema de IA llamado AI Emergency Call Triage, que entró en operación a finales de julio.
El sistema evalúa cada llamada y filtra las urgentes para que los despachadores humanos no se saturen con reportes redundantes o de baja prioridad. Según Karl Fasold, director ejecutivo del distrito, la IA se activa principalmente en dos situaciones: cuando quien llama está a unos 200 metros de un accidente ya reportado, y cuando todos los operadores humanos están ocupados.
Fasold insistió en que la herramienta no busca reemplazar personas. Pero la historia de cómo llegó aquí merece atención: el sistema se probó primero en la línea no urgente 311. Ese detalle importa.
Las voces críticas no tardaron. Un exdespachador con 11 años de experiencia, identificado en línea como Boxy, calificó la medida como «la peor idea que se podría pensar». Su argumento es concreto: hay llamadas donde el tono importa más que las palabras. Alguien que no puede hablar con claridad, alguien con acento marcado, o una víctima de violencia doméstica que finge pedir una pizza porque tiene miedo de decir lo que realmente ocurre. «Necesitas a una persona», escribió.
No es solo intuición de un veterano. Un informe de febrero encontró que herramientas similares a ChatGPT y Gemini entregaron detalles falsos cerca de la mitad de las veces, sonando convincentes. Investigadores de seguridad de la Universidad de Zhejiang reportaron tasas de éxito de entre 79 y 96 por ciento al intentar manipular el comportamiento de modelos de voz desde el exterior.
Otras ciudades han usado IA de forma más acotada. Atlanta la emplea para ayudar a los despachadores a ubicar a quien llama y acceder a datos médicos relevantes. Seattle implementó un sistema similar en 2024 para priorizar respuestas, aunque el público no se enteró hasta que el Seattle Times lo investigó —más de dos años después de su lanzamiento—.
Las autoridades de Nueva Orleans dicen confiar en que el sistema puede funcionar si se mantiene bajo supervisión humana, se entrena con cuidado y se protege con ciberseguridad robusta.
Que no te lo cuenten. Lo que está en juego aquí no es si la IA es útil —puede serlo— sino quién responde cuando alguien marca el número de emergencias en el peor momento de su vida. La burocracia tiene una tendencia conocida: adoptar tecnología para reducir costos de personal, envolverla en lenguaje de «eficiencia» y dejar que el ciudadano asuma el riesgo. Si el sistema falla, no falla el algoritmo. Falla la persona que no recibió ayuda a tiempo.
El libre mercado abraza la innovación. Pero innovar con el 911 sin transparencia pública —como hizo Seattle durante dos años— no es eficiencia: es el aparato estatal experimentando con vidas ajenas sin rendir cuentas. Esa es la doble vara que conviene nombrar.

