Tres años después de los ataques del 7 de octubre, la herida sigue abierta y la respuesta de Occidente quedó expuesta a plena luz. La pieza sostiene que aquel día murieron más de 1,200 judíos, incluidos 46 estadounidenses, y que los terroristas se llevaron a más de 250 rehenes, entre ellos una persona de 86 años y otra de apenas nueve meses.
Pero el punto más incómodo no es solo la brutalidad del ataque. La lectura que hace la pieza es que el 7 de octubre funcionó políticamente: lejos de cerrar filas con Israel, varios países se apuraron a reconocer por primera vez un Estado palestino, entre ellos España, Francia, México, Portugal, Noruega, Irlanda, Canadá, Australia y el Reino Unido. Para el autor, eso dejó sola a Estados Unidos como aliado de Israel.
La otra cifra que no se puede barrer debajo de la alfombra es la del cambio de opinión pública. Antes del 7 de octubre, la mayoría de los estadounidenses tenía una visión favorable de Israel. Ahora, según se cita, seis de cada diez tienen una visión desfavorable, y las opiniones «extremadamente desfavorables» casi se triplicaron hasta 28%. La misma pieza agrega que eso incluye mayorías desfavorables entre republicanos, independientes y demócratas jóvenes.
Ese giro importa porque no es una discusión académica ni una pelea de redes. Es una señal de que el odio más viejo del mundo aprendió a vestirse con lenguaje amable, estética cuidada y propaganda de influencer. La casta cultural le cambió el envoltorio, pero el veneno es el mismo.
Y aquí está la parte que el establishment prefiere no mirar: cuando una sociedad empieza a tratar como normal la idea de que Israel «merece» ser culpado, o cuando se trivializa el odio contra los judíos con una sonrisa y una camisa deportiva, el problema ya no es solo externo. Ya está instalado dentro de casa.
Estados Unidos enfrenta una prueba de liderazgo moral. No se trata de adular a nadie ni de comprar una narrativa de guerra eterna. Se trata de reconocer que, si el odio puede reciclarse como moda ideológica, entonces la debilidad institucional también tiene precio. El relato se cayó solo.


