Solo uno de cada tres jóvenes de entre 16 y 19 años tiene empleo este verano en Estados Unidos. Así lo reflejan los datos del Bureau of Labor Statistics, que sitúan la tasa de empleo estival en ese grupo de edad en o cerca de sus niveles más bajos desde que el organismo comenzó a registrarlos tras la Segunda Guerra Mundial.
En números concretos: hay unos 17 millones de estudiantes en edad de preparatoria en el país. Más de 11 millones de ellos no tienen trabajo este verano.
Alrededor de la mitad participa en algún tipo de campamento de verano, según Gallup. Pero la mayoría son campamentos de día de una sola semana —de béisbol, fútbol, banda—, y la brecha de participación entre familias de ingresos altos y bajos roza los 30 puntos porcentuales: 67% frente a 38%.
Lo que queda, para millones de adolescentes, es la pantalla. Videojuegos y redes sociales de día y de noche. El fenómeno se agrava, según el análisis, en los barrios de menores recursos, donde también es más frecuente la ausencia del padre en el hogar.
El argumento del articulista —publicado en Fox News— no es que las pantallas sean el demonio. Es que el verdadero problema es la ausencia de retos reales. Un empleo de verano obliga al adolescente a llegar a tiempo, vestir apropiadamente, hablar con claridad y tratar bien al cliente aunque el cliente sea insoportable. Eso, dice el autor, construye una base de valores que después ayuda a evaluar críticamente ideologías «poco prácticas, como el socialismo».
Pero incluso el trabajo tiene límites. Lo que marca la diferencia, sostiene, es el padre o la madre que añade desafíos deliberados y mantiene las reglas con firmeza. Algo que, según relata de su propia experiencia como entrenador, muchos padres ya no saben —o no quieren— hacer.
La lectura de Contrafuego es directa: cuando el aparato escolar y el ecosistema digital llenan el vacío que dejan los padres y el mercado laboral, el resultado no es neutralidad. Es adoctrinamiento por defecto. Un adolescente sin trabajo, sin retos y sin estructura no está «descansando»: está siendo formado por el algoritmo y por quienes sí tienen un proyecto para él.
La libre empresa ofrece algo que ningún programa estatal puede replicar: consecuencias reales, inmediatas y proporcionales. Llegar tarde y perder el turno enseña más sobre responsabilidad que un semestre de educación cívica obligatoria. La pregunta no es cómo regular las pantallas. Es por qué hemos construido una economía y una cultura donde once millones de jóvenes no tienen nada mejor que hacer. Que no te lo cuenten.



