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Opinión · Análisis

Ortega abolió las elecciones y Washington mira para otro lado

El dictador nicaragüense declaró que nunca más habrá comicios en su país. Rusia, China y Cuba ya están en su patio trasero — y el de Estados Unidos.
Imagen ilustrativa
lunes 3 de agosto de 2026

El 19 de julio, Daniel Ortega conmemoró el 47.º aniversario de la Revolución Sandinista con un anuncio que pocos dictadores se atreven a hacer en voz alta: nunca más habrá elecciones en Nicaragua. No hubo eufemismos, no hubo promesas de «consulta popular». Solo la declaración desnuda de que el Sandinismo no volverá a someterse al veredicto de las urnas.

Las elecciones estaban programadas para noviembre de 2027. Ahora, según Melissa Ford Maldonado, directora de la Western Hemisphere Initiative del America First Policy Institute, los legisladores de la Asamblea Nacional —cautiva del régimen— trabajan en un plan para ejecutar esa orden.

Que no te lo cuenten: ningún gobernante suprime las elecciones porque crea que las va a ganar. Las suprime porque sabe que las va a perder. Ortega, de 80 años, lleva más tiempo abusando de sus ciudadanos que toda una generación de analistas de política exterior. Ronald Reagan lo señaló. Hoy es, según Ford Maldonado, el último «caudillo» de la Guerra Fría que aún se aferra al poder en las Américas.

El problema no es solo nicaragüense. El Departamento de Estado ha descrito al régimen Ortega-Murillo como receptor de asistencia de Rusia, China y Cuba. El Comando Sur de Estados Unidos ha advertido en repetidas ocasiones que Beijing y Moscú respaldan al régimen autoritario en Managua. Rusia ha realizado visitas portuarias a Nicaragua. América Latina no es una preocupación humanitaria lejana: es el vecindario inmediato de la primera potencia del mundo.

Ford Maldonado lo recuerda con una analogía que no debería hacer falta repetir: la Crisis de los Misiles de Cuba no fue aterradora solo porque la Unión Soviética tuviera ojivas nucleares, sino porque esas ojivas estaban a 90 millas de Florida. Una amenaza no necesita crecer para volverse más peligrosa; basta con que se acerque.

El paisaje regional ha cambiado. Argentina, El Salvador, Ecuador, Chile, Bolivia, Costa Rica, Perú y Colombia han demostrado, según la misma fuente, que incluso movimientos políticos muy arraigados pueden ser derrotados en las urnas. Ortega lo sabe. Por eso las cierra.

Contrafuego lo dice sin rodeos: Washington lleva décadas perfeccionando su conocimiento sobre la política de Europa del Este o el Mar del Sur de China mientras trata su propio hemisferio como un asunto secundario. La Doctrina Monroe nació precisamente de la comprensión de que potencias extranjeras con influencia en este hemisferio representan una amenaza directa a la paz y la seguridad de Estados Unidos. Ese principio no caducó; simplemente dejó de enseñarse en las academias de política exterior.

Cada problema hemisférico termina convirtiéndose en un problema americano. Venezuela lo demostró. Cuba lo confirma cada día. Las crisis migratorias, los cárteles y los adversarios extranjeros que buscan influencia en la región lo subrayan. Ignorar a Ortega no es neutralidad: es un lujo que Estados Unidos ya no puede permitirse.

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