La visita de Claudia López a las obras de la primera línea del metro de Bogotá abrió otra pelea política en torno al proyecto. Este 17 de septiembre, la exalcaldesa recorrió parte de la infraestructura junto al embajador de China en Colombia y mostró su ingreso a uno de los trenes que operarán en la capital.
López dijo en un video que el metro «ya va al 82 %» y recordó que durante su alcaldía se firmó el acta de inicio de las obras. También aseguró que dejó el proyecto con un avance cercano al 30 %.
En respuesta, Enrique Peñalosa defendió el papel de su administración en la estructuración y contratación de la primera línea. El exalcalde reprochó que López ahora celebre los avances y afirmó que ella «hizo todo lo posible para matarlo».
Peñalosa agregó que López «demandó politiqueramente el metro para matarlo». Con esa frase volvió a poner sobre la mesa la controversia jurídica que rodeó la licitación de la primera línea.
La nota también recuerda que, según los señalamientos de Peñalosa, López respaldó actuaciones judiciales encaminadas a detener el proceso antes de llegar al Palacio Liévano. En paralelo, se volvió a difundir un video de cuando era candidata, en el que expresó reparos sobre la licitación.
En ese video, López agradeció al Polo Democrático y dijo que había cuidado los recursos de los bogotanos al pedirle al Consejo de Estado que revisara la legalidad de los actos administrativos que sustentaban la licitación. También señaló tres cuestionamientos: los estudios de factibilidad, las vigencias futuras y la compatibilidad con el Plan de Ordenamiento Territorial, POT.
López sostuvo entonces que quería una obra legítima y sin vicios de ilegalidad y de corrupción. La acción buscaba que el Consejo de Estado revisara diferentes actuaciones relacionadas con la primera línea, pero la pretensión de suspender la licitación no prosperó y el proyecto siguió su curso.
El metro no es solo una obra. Es dinero público, tiempo perdido y credibilidad estatal en juego. Cada pelea de la casta política alrededor del proyecto le recuerda a Bogotá que la burocracia puede retrasar incluso lo que todos dicen querer.
Que no te lo cuenten. Cuando una obra estratégica se convierte en campo de batalla partidista, el costo lo paga el ciudadano común. Otra vez la doble vara: unos celebran lo que otros intentaron frenar, y la ciudad sigue esperando resultados.


