El lunes 20 de julio de 2026, Gustavo Petro protagonizó su último discurso como jefe de Estado en la ceremonia de instalación del nuevo Congreso colombiano, el que regirá para el periodo 2026-2027. No fue solo protocolo: Petro llegó al Capitolio a defenderse.
El tono lo marcó desde el inicio. Recordó sus 35 años en la política, su paso como representante a la Cámara por Cundinamarca bajo la Alianza Democrática M-19 tras la Constitución de 1991, y su frase de cabecera: «Nunca hice un debate sin pruebas». Un arranque que no convenció al presidente del Senado, Lidio García, quien le exigió sustentar sus señalamientos sobre presunto fraude electoral. Petro respondió remitiendo a la demanda de nulidad que su equipo ya radicó.
En lo económico, el saliente gobernante desplegó gráficos propios. Según sus cifras, la pobreza monetaria bajó del 45% registrado en 2020 al 28%, con posibilidad de llegar al 25% en 2026, lo que representaría 4,5 millones de personas menos en esa condición. Atribuyó el pico de 2020 no a la pandemia sino a decisiones previas, y culpó a la administración anterior de haber «regalado el crédito de USD 5.000 millones del FMI a los más ricos», según sus palabras. El desempleo, dijo, cayó al 8,1% al corte de mayo de 2026, «la más baja del siglo». Y presumió un crecimiento acumulado de 30 puntos porcentuales en cuatro años.
En exportaciones destacó que el equipo de transporte creció un 170,2% entre 2022 y 2025, con vehículos eléctricos fabricados y exportados desde Colombia; y que los aceites y grasas vegetales crecieron un 75,4%.
Pero el dato político que nadie en la sala podía ignorar era el que estaba fuera del discurso: el Pacto Histórico ya no manda. La coalición que respaldará a Abelardo de la Espriella, presidente electo, se reorganizó ese mismo día en ambas cámaras. Petro habló como quien sabe que habla para la historia, no para la mayoría.
Que no te lo cuenten. Lo que Petro presentó como victorias son cifras que él mismo seleccionó y graficó, sin auditoría independiente visible en el discurso. Mientras el saliente construía su relato, el nuevo bloque legislativo ya acomodaba las piezas para la Colombia que viene: la de De la Espriella, con otro modelo, otra agenda y, previsiblemente, otro diagnóstico sobre los mismos números. El aparato estatal que Petro edificó durante cuatro años encontrará en el nuevo Congreso un interlocutor muy distinto. La cuenta llega ahora.



