El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, usó su discurso ante la Asamblea General de la ONU para cargar contra Estados Unidos e Israel. Los acusó de avivar la inestabilidad global y de lanzar ataques ilegales contra civiles e infraestructura iraní.
Según la traducción en vivo de su intervención, Pezeshkian dijo que su país ha sido «víctima de terrorismo» y que seguirá resistiendo «hasta nuestro último aliento». También sostuvo que Irán solo busca vivir de forma independiente y que no pedirá permiso para defenderse.
La réplica fue directa a Donald Trump, quien un día antes había dicho ante la ONU que estaba evaluando si «aniquilar» Irán. Trump también afirmó que Estados Unidos tuvo una reunión «muy buena» de tres horas con enviados iraníes en los márgenes de la cumbre, mientras el vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmail Baghaei, dijo que duró «aproximadamente dos horas».
Baghaei afirmó en una publicación en X que Teherán presentó condiciones «claras y transparentes» para retomar la diplomacia. Entre ellas, pidió que Estados Unidos termine su bloqueo naval en el golfo de Omán, cese los actos de «terrorismo económico», libere activos restringidos y acuerde una ruta de navegación «segura» en el estrecho de Ormuz.
Ese estrecho, según la nota, transportaba 20% del petróleo mundial antes de que comenzara la guerra. El dato importa por una razón simple: cuando se toca esa ruta, no solo se presiona a Teherán. Se encarece el riesgo para el comercio global y para el bolsillo de todos los que dependen de energía estable.
Pezeshkian también reiteró que Irán no busca armas nucleares. Dijo que su país quiere tecnología nuclear pacífica y que no aceptará límites a ese desarrollo. Mientras tanto, el ejército iraní desestimó las amenazas de Trump como una muestra de «desesperación estratégica» y dijo que está listo para intensificar sus propios ataques.
La pelea deja a la vista algo que la burocracia internacional prefiere maquillar: cuando el poder se ejerce sin freno, el resultado es más guerra, más sanciones y más inestabilidad. Que no te lo cuenten. Los contribuyentes, los consumidores y los mercados terminan pagando la factura.
Otra vez la doble vara: Washington habla de estabilidad mientras amenaza con «aniquilar»; Teherán se presenta como víctima mientras exige concesiones estratégicas. El relato se cae solo. Lo que queda es una disputa de poder que castiga al ciudadano común y premia a los aparatos estatales más duros.


