Tom Cruise abrió con el pie izquierdo. «Digger» recaudó apenas 8 millones de dólares en el mercado doméstico, frente a un presupuesto de producción reportado de 160 millones a 180 millones.
Ben Shapiro, editor emérito de The Daily Wire, calificó la cinta como una «pieza pretenciosa de propaganda antiempresarial» y sostuvo que sus ideas son «correctas» para los grandes medios, pero insuficientes para salvarla en taquilla.
Según analistas citados por Variety, la película habría necesitado un estreno doméstico de unos 40 millones de dólares para justificar su presupuesto. El arranque decepcionante llegó después de críticas mixtas, con varios reseñistas dando veredictos durísimos.
Shapiro comparó la recepción de «Digger» con la de otras producciones de Hollywood con orientación política similar, y mencionó los elogios recibidos por «One Battle After Another», que describió como una obra «hiperpartidista». También recordó que Cruise sí ha tenido éxito enorme con cintas de acción como «Top Gun: Maverick» en 2022.
La película ahora registra 51% en la puntuación de críticos y 72% en la de audiencia verificada en Rotten Tomatoes. The Boston Globe la llamó «la peor película de la carrera de Tom Cruise».
The Hollywood Reporter fue igual de severo, al describirla como «una sátira de la crisis climática tan engreída y bombástica que hace que «Don’t Look Up» de Adam McKay parezca casi inocua». The New York Post dijo que «los espectadores querrán irse con urgencia después de los primeros cinco minutos».
Pero más allá del chisme de Hollywood, el dato central es otro: cuando el cine se convierte en sermón ideológico, el público no siempre paga la cuenta. Y esta vez la factura es gigantesca.
La industria puede premiar el guiño político y la burocracia cultural puede aplaudir desde la butaca, pero el mercado tiene la última palabra. Si una película de 160 millones a 180 millones no conecta con la gente, no es culpa del espectador: es el costo de confundir entretenimiento con adoctrinamiento. El relato se cayó solo.
