Hay una práctica tan vieja como la prensa y tan vigente como siempre: el contenido patrocinado que se viste de noticia. El New York Post publicó este sábado una pieza bajo su firma en la que recomienda usar el código promocional «NYPBONUS» de ProphetX, una plataforma de mercados de predicción deportiva, para obtener un bono de 20 dólares al operar 10 dólares en contratos.
El texto mezcla datos reales del partido —los Mets reciben a los Dodgers, campeones vigentes de la Serie Mundial— con instrucciones paso a paso para registrarse en la plataforma. El lanzador novato Nolan McLean (7-6, 3.34 ERA) se enfrenta al MVP de la Serie Mundial Yoshinobu Yamamoto (10-6, 2.78 ERA). Eso es un hecho deportivo legítimo. Lo demás es publicidad.
ProphetX opera como mercado de predicción federalmente regulado: los usuarios compran y venden contratos de eventos que cotizan entre 0.01 y 0.99 dólares según el sentimiento del mercado, en lugar de apostar a cuotas fijas. La plataforma está disponible en la mayoría de los estados donde este modelo está permitido.
El artículo lleva firma de Mike Turay, presentado como periodista y editor especializado en apuestas deportivas. Al pie, en letra pequeña, aparece la advertencia estándar: «Sujeto a aprobación regulatoria. Oferta por tiempo limitado. Aplican términos y condiciones».
Nada de esto es ilegal. Pero tampoco es periodismo.
Lo que sí merece señalarse es el modelo: una redacción que produce contenido de marca bajo el mismo formato visual y de firma que sus notas informativas. El lector promedio no distingue entre una cobertura editorial y un acuerdo comercial cuando ambos lucen idénticos.
Desde Contrafuego no tenemos objeción al libre mercado de apuestas ni a que los medios busquen ingresos publicitarios —es su derecho y su necesidad—. Lo que sí cuestionamos es la opacidad. Cuando el periodismo y la publicidad comparten el mismo envoltorio sin advertencia clara, el perjudicado es el lector. Y el lector, en este caso, es el mismo ciudadano al que se le pide confianza todos los días.
La doble vara de los grandes medios que exigen transparencia a gobiernos y corporaciones mientras difuminan sus propias líneas comerciales no es nueva. Pero sigue siendo hipocresía. El relato se cayó solo.



