El Partido Demócrata de Maine tenía un candidato al Senado. Luego surgieron acusaciones de agresión sexual contra Graham Platner. El candidato se retiró. El partido entró en pánico.
La solución fue convocar una convención de 601 delegados. Ellos elegirían al sustituto. Sin primarias. Sin voto estatal. Sin el «pueblo» que tanto invocan.
El elegido fue Troy Jackson. Exsenador estatal. Progresista declarado. Y, según registros públicos, defensor histórico del voto popular como único árbitro legítimo de las elecciones.
La ironía no pasó desapercibida. Kristen Cianci, portavoz del Comité Nacional Republicano, lo dijo sin rodeos: «Está claro que Troy Jackson adoptará cualquier forma que necesite para hacerse con el poder, incluyendo abandonar la creencia de que los votantes deben decidir las elecciones».
Cianci añadió que «los habitantes de Maine quieren un senador en quien confiar, no un vendedor de aceite de serpiente listo para traicionarlos en cualquier momento».
El propio partido demócrata de Maine intentó vender el proceso como modélico. Su web afirmó haber creado «un proceso justo, inclusivo de distintos puntos de vista y diversos orígenes». Las circunstancias, dijeron, eran «sin precedentes».
Lo que no dijeron es que los observadores políticos ya daban a Jackson como ganador antes de que comenzara el proceso. Era el aliado más cercano de Platner. Compartía su agenda: sanidad universal, abolición del ICE, cortar la ayuda militar a Israel y subir impuestos a los más ricos.
El relato de la democracia participativa se cayó solo. En cuatro días.
Kamala Harris ya respaldó a Jackson. Eso también generó polémica.
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Aquí está el principio en juego. La izquierda institucional lleva años usando el «voto popular» como ariete contra el sistema electoral. Es su argumento favorito. Su bandera moral. Su acusación permanente contra el adversario.
Cuando el sistema les falló, lo descartaron en 72 horas. Eligieron a su hombre en una sala cerrada, con delegados de partido. Eso no es hipocresía menor: es la doble vara en estado puro.
Jackson puede ganar en noviembre. Puede perder. Pero ya perdió algo más difícil de recuperar: la coherencia. Que no te lo cuenten.



