El partido no se jugará en 2026. La rivalidad USC-Notre Dame, disputada 96 veces en 100 años con solo pausas por la Segunda Guerra Mundial y los confinamientos por COVID-19, queda fuera del calendario esta temporada tras el colapso de las negociaciones entre ambos programas.
Lincoln Riley no se mordió la lengua durante la semana de medios de la Big Ten. «Nada ha cambiado desde mi perspectiva. Queremos jugar el partido. Yo quiero jugar el partido. Estaríamos jugando el partido si algunas cosas que se dijeron se hubieran cumplido», afirmó el entrenador de los Trojans ante la prensa.
La ironía es que el entrenador de Notre Dame, Marcus Freeman, había declarado en 2025 que no le importaba «cuándo» se jugara el partido. «Es bastante blanco y negro para mí», dijo Freeman según Blueandgold.com. «¿Quieres mi opinión? Quiero jugar contra ellos cada año. ¿Cuándo? No me importa cuándo jugamos».
Las palabras de Freeman sonaron rotundas. El calendario de 2026 dice otra cosa.
El contexto importa: con el playoff universitario expandido y la reorganización de las conferencias, los equipos grandes tienen menos incentivo que antes para programar rivales difíciles fuera de conferencia. Esta temporada hay algunos cruces de peso —Ohio State-Texas, Oklahoma-Michigan, Clemson-LSU— pero la tendencia general apunta a menos riesgos y más comodidad.
El «mayor duelo interseccional del fútbol universitario», como se ha llamado históricamente al USC-Notre Dame, paga el precio de esa nueva filosofía. La copa Jeweled Shillelagh no se disputará. La culpa inicial recayó sobre Riley, pero las declaraciones del lado irlandés han ganado protagonismo en los días posteriores.
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Que no te lo cuenten. Aquí no hay víctima inocente, pero sí hay una contradicción documentada: el mismo entrenador que proclamó querer jugar «en cualquier momento, en cualquier lugar» terminó sin firmar el partido. Riley al menos fue consistente: dijo que quería jugar y negoció para eso. Freeman dijo lo mismo y el resultado fue otro.
El relato se cayó solo. Cuando el espectáculo del fútbol universitario sacrifica sus clásicos más auténticos en el altar de la comodidad corporativa y los playoffs expandidos, los aficionados de verdad —los que llenan estadios históricos y siguen uniformes con décadas de historia— son los únicos que pierden. La burocracia deportiva avanza, la rivalidad espera.



