El Departamento de Estado no se mordió la lengua. Después de que el gobernador demócrata de Minnesota, Tim Walz, redobló su apuesta y defendió públicamente el indulto que concedió a un violador de menores extranjero, el subsecretario de Estado Dylan Johnson respondió sin rodeos: «El indulto del gobernador Walz a un delincuente sexual extranjero convicto fue una traición grave e imperdonable a las mismas personas que se supone debe defender».
Los hechos son los siguientes. La Junta de Indultos de Minnesota —integrada por Walz, el fiscal general del estado Keith Ellison y la presidenta del Tribunal Supremo estatal Natalie Hudson— concedió clemencia el 10 de junio al nacional laosiano Tou Lue Vang, de 42 años. Vang había sido condenado por violar repetidamente a una niña de 10 años entre 2002 y 2004. Según las fuentes, tras su arresto declaró a las autoridades que «es algo cultural... casarse y tener relaciones sexuales con chicas tan jóvenes como de 12 años». Vang estaba programado para ser deportado antes de que el indulto lo impidiera.
El secretario de Estado Marco Rubio actuó: revocó la visa de Vang y este fue deportado a Laos. Johnson cerró el comunicado con un mensaje directo: «La conspiración de Walz para sacrificar la seguridad de los estadounidenses en el altar de las fronteras abiertas fue frustrada por el secretario Rubio. Ahora este criminal extranjero jamás volverá a dañar a ningún estadounidense».
Walz, lejos de retractarse, compareció en rueda de prensa y preguntó: «¿Eso nos hizo más seguros? ¿Eso dejó más estables a los niños que quedaron atrás? ¿Mejora la idea de que no todos podemos ser juzgados por nuestro peor día?». El relato se cayó solo.
Lo que esto revela
Aquí no hay zona gris. Un hombre condenado por un crimen sexual contra una menor de 10 años recibió el amparo del aparato estatal de Minnesota —tres funcionarios electos, incluyendo el gobernador— para evitar una deportación que la ley federal contemplaba. No se indultó a alguien en un caso de duda razonable: se indultó a alguien que, según las fuentes, justificó su conducta como «cultural».
Walz convierte a las víctimas en argumento secundario. Su pregunta retórica —«¿nos hizo más seguros?»— ignora deliberadamente a la niña violada y a cualquier futura víctima potencial. Eso es la doble vara en estado puro: el mismo progresismo que exige «creer siempre a la víctima» eligió, en este caso, creer al perpetrador.
Rubio usó las herramientas del ejecutivo federal para corregir lo que el gobierno de un estado decidió hacer mal. Que no te lo cuenten de otra forma.



