La tenista bielorrusa Aryna Sabalenka, número uno del mundo, no esquivó la pregunta en su conferencia de prensa del Abierto de Canadá en Montreal. Cuando le consultaron sobre la nueva política de elegibilidad transgénero de la WTA, fue directa: «Creo que es realmente importante mantener la equidad en nuestro tour».
Sabalenka fue más lejos. «Biológicamente, los hombres son mucho más fuertes que las mujeres, así que siento que no sería justo para las mujeres competir contra hombres biológicos», declaró ante los medios. Calificó la medida como un paso justo y necesario para proteger el tenis femenino, reconociendo que la WTA «tardó un poco en tomar esta decisión», pero subrayando su respaldo total.
La política incluye un cribado genético único para detectar el gen SRY en el cromosoma Y. La posición de Sabalenka al respecto no dejó margen a la ambigüedad: «Si quieren hacernos la prueba a todas, estoy feliz de hacerlo. Es bastante justo, y mantengámoslo así».
La campeona de 18 Grand Slams Martina Navratilova ha sostenido una postura similar, según recoge la fuente, argumentando que la WTA fue creada para mujeres biológicas y que la división masculina permanece abierta a cualquier atleta varón que desee competir.
La reacción de activistas pro-trans no se hizo esperar: criticaron las directrices de la WTA. Pero ninguna de sus objeciones altera el dato de fondo que Sabalenka puso sobre la mesa con una claridad que los dirigentes deportivos evitaron durante años.
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Que no te lo cuenten. Durante demasiado tiempo, las federaciones deportivas prefirieron el equilibrismo burocrático antes que defender a las atletas que representan. El resultado fue predecible: fueron las propias deportistas —no los funcionarios, no los patrocinadores, no los columnistas de agenda— quienes terminaron pagando el costo de esa cobardía institucional.
Sabalenka no hace política. Hace deporte. Y desde esa trinchera dice lo que cualquier persona con sentido común sabe: una categoría femenina sin criterio biológico no protege a nadie, simplemente deja de existir. El principio en juego no es ideológico sino elemental: las reglas del juego deben ser iguales para todas las que compiten bajo las mismas condiciones. Cuando una federación finalmente actúa sobre esa base, no es un retroceso. Es, por fin, hacer el trabajo.



