Un tribunal federal de apelaciones anuló esta semana una parte clave de la ley de Florida que restringía las discusiones sobre raza y género en universidades públicas. Al mismo tiempo, la Junta Estatal de Educación de Texas aprobó que pasajes bíblicos aparecieran en una lista de lecturas de secundaria, pero solo desde una perspectiva estrictamente neutral e histórica.
Los mismos que celebran el fallo de Florida condenan la decisión de Texas. Para ellos, lo primero es libertad académica. Lo segundo, una violación de ella. Que no te lo cuenten.
El argumento de defensa es predecible: la separación entre iglesia y Estado protege las aulas de la religión. Pero esa distinción exige primero definir qué es una religión. Y ahí el relato se cae solo.
El filósofo David Hume planteó el llamado problema del «es-debe»: es imposible derivar una obligación moral únicamente de hechos descriptivos. En algún punto, toda ética descansa en un postulado de fe — algo que se acepta porque sí, porque alguien lo dijo, porque «así son las cosas». La religión, en su forma más antigua, cumple exactamente esa función: provee una axiología, una teoría del valor.
El problema no es que haya valores en el aula. El problema es la hipocresía de quienes aplican una vara distinta según el origen de esos valores.
Un profesor cristiano que cuestione en clase la moralidad del matrimonio entre personas del mismo sexo viola la separación iglesia-Estado. Pero un profesor que declare en clase la superioridad moral del veganismo está protegido por la libertad académica. La lógica es idéntica — un postulado de fe que nadie puede refutar con pura razón deductiva — pero el trato institucional es opuesto.
Lo mismo ocurre con «La Ciencia» con mayúsculas: ese concepto casi sacerdotal que ciertos expertos invocan para cerrar el debate antes de que empiece. Cuestionar a los expertos ungidos se trata como herejía. Los dogmas se vuelven incuestionables. El rito de la corrección política reemplaza al rito religioso. La burocracia académica oficia de clero.
Esto no significa que toda religión secular sea nociva. A veces es precisamente a través de esos compromisos comunitarios — el activismo ambiental, el voluntariado laico — que personas alejadas de la fe tradicional encuentran motivación para hacer el bien. El vacío que deja la religión necesita llenarse con algo.
El peligro aparece cuando ese «hacer el bien» pasa de recoger basura en el parque a bloquear calles porque el resultado electoral no fue el esperado. Las religiones seculares rara vez están guiadas por sabiduría acumulada durante siglos; con frecuencia las dirigen adolescentes en redes sociales e intelectuales de torre de marfil blindados de las consecuencias reales.
Contrafuego lo dice sin rodeos: expulsar a Dios del aula no neutraliza el aula. La llena de otro dios — más volátil, menos honesto sobre su propia naturaleza, y con el aparato estatal respaldándolo. Eso es exactamente lo que los fundadores temían cuando hablaron de adoctrinamiento. La doble vara no es un error del sistema: es su característica más rentable para quienes lo controlan.



