El senador Ricardo Celis (PPD) salió a la palestra este jueves para hacer lo que pocos políticos hacen: admitir un error. Aunque solo a medias.
En entrevista con CNN Chile, el legislador reconoció que la negociación con el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, sobre la invariabilidad tributaria incluida en la megarreforma del Ejecutivo «no fue prolija» y que «pudo haber sido mejor». Sus palabras exactas: «Uno tiene que aprender sobre los errores y este es un aprendizaje duro».
El acuerdo que encendió la mecha redujo de 25 a 10 años la invariabilidad tributaria para parte de los proyectos de inversión, e incorporó un aporte económico al Estado por parte de las empresas que opten por ese régimen. El proyecto original fijaba 25 años de invariabilidad para inversiones desde los US$50 millones. El nuevo esquema introduce gradualidad según el monto del proyecto.
Celis lo vendió como victoria: «Le quebramos la mano al gobierno, porque nunca pensó que iba a reducir lo que se llama la invariabilidad tributaria». Paradojas de la política chilena: un senador de izquierda celebra haber arrancado condiciones más favorables a la inversión privada, mientras sus propios compañeros lo acusan de haberse pasado al bando equivocado.
El escándalo interno no es menor. El acuerdo desató críticas transversales desde la izquierda, incluso dentro del PPD. Celis, sin embargo, descartó una fractura: «Esto no quiebra al PPD porque nosotros cuando hicimos estas indicaciones solo se hicieron sobre un punto de la reforma». También aseguró que el presidente del partido, el diputado Raúl Soto, fue informado antes de que el comité de senadores avanzara en las conversaciones con el Ejecutivo. Y lanzó su propio contragolpe: los diputados presentaron diez indicaciones propias que los senadores tampoco conocieron de antemano.
El senador Pedro Araya, confirmó Celis, también participó en la elaboración de las propuestas que el comité llevó al gobierno.
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Que no te lo cuenten. Lo que ocurrió en Chile esta semana no es un escándalo de comunicación interna: es la prueba de que incluso dentro de la coalición oficialista hay quienes entienden que una invariabilidad tributaria de 25 años ahuyenta inversión y destruye empleo antes de que llegue. El problema no es que Celis haya negociado; el problema es que en su partido eso se considera una traición. Esa es la brújula de la izquierda gobernante: más Estado, más incertidumbre jurídica para el inversor, más años de candado tributario. Cuando alguien intenta moderarla, el aparato lo devora. El «aprendizaje duro» de Celis no es haber negociado mal: es haber negociado a favor del libre mercado dentro de un partido que no lo perdona.



