Tres senadores del PPD —Pedro Araya, Ricardo Celis y Loreto Carvajal— negociaron directamente con el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz. El tema: reducir la invariabilidad tributaria contemplada en la megarreforma del gobierno. El resultado: el Ejecutivo aceptó cerca del 90% de la propuesta opositora.
Hasta ahí, una negociación. El problema vino después.
El presidente del PPD, el diputado Raúl Soto, no sabía nada. Se enteró cuando el acuerdo ya estaba en la prensa. Araya lo reconoció sin rodeos en radio Duna: Soto «no supo» del detalle de las conversaciones.
La explicación del senador es sencilla. «Se precipitó bastante rápido», dijo. Araya admitió que él mismo esperaba que el gobierno rechazara la propuesta. «Pensé que no iba a tener tanto asidero», sostuvo. Cuando Quiroz respondió que sí, ya no había tiempo de consultar.
Araya no pide disculpas. Ataca. Acusó a la oposición de «infantilismo» por no entender la aritmética del Senado. Su argumento es concreto: el gobierno tiene 26 senadores, la oposición tiene 24. Con esa diferencia, el oficialismo aprueba todo. «Era necesario sentarse con el gobierno», afirmó.
Para el senador, la alternativa era peor. Si la oposición no negociaba, la megarreforma salía «tal como entró al Congreso». Eso, dijo, «es el peor escenario».
Araya también puso condiciones. Cumplirá el acuerdo solo si el gobierno materializa la indicación conforme a lo pactado. «La única forma de no cumplir es que el gobierno no cumpla», advirtió.
El senador añadió un argumento de largo plazo. La reforma necesita «apoyo de la centroizquierda» para perdurar más allá del gobierno del presidente Kast.
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Que no te lo cuenten. Lo que ocurrió aquí no es solo una crisis interna del PPD. Es la radiografía de cómo funciona la burocracia legislativa cuando el relato de «unidad opositora» choca con la realidad del conteo de votos. Tres senadores cerraron un trato que afecta la invariabilidad tributaria —es decir, las reglas del juego para la inversión privada— sin consultar a su propio partido.
El fondo importa tanto como la forma. La invariabilidad tributaria es una de las pocas garantías que le quedan a la libre empresa frente a un proyecto que el propio Araya describe como de avance «a paso firme». Que el acuerdo se haya cocinado entre cuatro paredes, sin transparencia ni proceso interno, dice mucho sobre quién manda realmente en esta negociación. Y no es la oposición.



