Ed Sheeran canceló sus conciertos previstos para el 25 y 26 de septiembre en Gillette Stadium, en Foxborough, Massachusetts.
La promotora de la gira, Messina Touring Group, dijo que la decisión se tomó «tras consultar con autoridades locales» y por las «advertencias de clima severo» vigentes en Boston y en toda Nueva Inglaterra durante el fin de semana. También señaló que la seguridad de fans, personal y todos los involucrados fue «la máxima prioridad».
Gillette Stadium reposteó el comunicado. La empresa informó además que los reembolsos están disponibles en el punto de compra. En la versión de Al Jazeera, Ticketmaster haría los reembolsos de forma automática para los compradores.
La cancelación llega después de otra sacudida en la gira de Sheeran. Macklemore fue retirado de la alineación luego de usar su presentación para expresar apoyo a los palestinos. Según Fox News, el rapero escribió que Ed también le dijo que Kraft había reunido a otros dueños de estadios y que, en conjunto, le dieron un ultimátum: si Macklemore seguía en la gira, Sheeran no podría tocar en sus venues.
Kraft emitió su propia declaración. Dijo que Gillette Stadium tiene un compromiso de largo plazo con un ambiente acogedor para todos los asistentes y con evitar que los eventos sirvan de plataforma para «discurso de odio». También sostuvo que la participación de Macklemore en los conciertos del 25 y 26 de septiembre cruzaría esa línea.
En la versión de Hollywood Reporter, Messina Touring Group explicó antes que la exclusión de Macklemore ocurrió después de que venues de la gira avisaran que no permitirían el concierto con él en la cartelera. La promotora añadió que eso habría cancelado la gira e impactado a «cientos de miles de fans».
Otra vez la doble vara. Cuando hay clima severo, la suspensión es inmediata y se presenta como prudencia. Cuando el problema es político, la industria del espectáculo entra en modo burocrático: vetos, ultimátums y comunicados cuidadosamente calculados.
El fondo es claro. La gira de Sheeran no solo choca con el clima. También choca con una guerra cultural en la que los estadios, los promotores y los artistas miden cada palabra como si el escenario fuera un campo minado. Que no te lo cuenten: cuando la política se mete en el show, el público termina pagando el precio.



